The Americans y la injusticia de los premios

En la madrugada del lunes al martes se conocerán los ganadores de la última edición de los Emmy. Como cada año, se especula si habrá sorpresas en una gala que, de seguro, volverá a ignorar a una de esas series de las que nadie habla pero que todo el mundo debería haber visto.

Esta edición será la última oportunidad que tendrá The Americans para despedirse con algún que otro galardón. A nadie le sorprendería que volviera a casa de vacío. La injusticia de los premios es así. A diferencia de lo que pasa con el cine en los Oscar, en televisión el reparto de premios suele decantarse del lado de los espectadores y es raro ver que una serie de la que nadie habla consiga alzarse con la victoria. Para colmo de males, la competencia en los últimos años es feroz. Se ha multiplicado de manera exponencial el número de rivales a batir y eso no favorece a series como The Americasn, The Leftovers o The Halt Catch and Fire que pasaron por la parrilla casi de puntillas. Son grandes desconocidas para el gran público y carecen de los fuegos de artificio de producciones mucho más grandes que buscan que desencajemos las mandíbulas.

La injusticia de los premios es así. De nada habrá valido que en sus seis temporadas The Americans se coronase como una serie más que solvente. Una visión de la Guerra Fría en suelo norteamericano donde, en este caso, con quien simpatizábamos era precisamente con el enemigo. Pero eso no es lo mejor de la serie. Desde sus primeros minutos en el excelente episodio piloto, The Americans dejó claro que, a pesar de ser una serie protagonizada por una pareja de espías, su historia era mucho más compleja y rica que el cambio de identidades y de pelucas. Al fin y al cabo, el relato de los Jennings no es sino un retrato del matrimonio y la familia. De las bases que lo asientan, las etapas por las que puede pasar, su evolución y su funcionamiento… Todo un estudio analítico que casi casi podría constituirse como un estudio sociológico en profundidad. ¡Y pensar que todo empezó como una mentira!

Es entendible que la serie no haya hecho mucho ruido a lo largo de sus seis temporadas. En The Americans todo se cocía a fuego lento. A veces casi parecía que no pasaba nada. Pero la tensión estaba ahí. El peligro a ser descubiertos, a que la familia se derrumbase, a empezar casi sin querer una nueva guerra mundial por culpa de un error y el eterno conflicto moral de los protagonistas conformaban un caldo de cultivo que podía estallar en cualquier momento. Sin embargo, la serie, siempre fiel a su estilo pausado, optó por la contención y por ceñirse a retratar una época en la que el espionaje de élite se centraba en poner un pequeño micrófono en un reloj más que en pegar tiros a diestro y siniestro para acabar con una célula terrorista. La verdadera acción y tensión vendría de la mano de esos maravillosos diálogos que nos dejaron momentos espectaculares, como esa confesión de Phillip a Stan en el último episodio que duele más que cualquier muerte que pudiéramos haber visto.

Una de las cosas que más me han gustado siempre de The Americans es su progresión narrativa. Su relato fue construyéndose episodio a episodio, escena a escena. Todo ello para llegar a un final agridulce que no podría haber sido más perfecto. Y, ojo, lo es precisamente por dejar al espectador con muchas dudas acerca del futuro de sus protagonistas. Sabíamos desde el inicio que nuestra pareja no iba a salir indemne de una vida llena de mentiras. De hecho el último episodio está lleno de reproches y de golpes emocionales que si bien no son del todo inesperados no dejan de doler casi tanto como las balas. Un final muy acorde con el momento histórico que les tocó vivir a nuestros protagonistas. Con la URSS resquebrajándose nadie sabe qué pasará a partir de ahora. Precisamente eso es lo que lo hace uno de los finales más satisfactorios que he podido ver en televisión.

Y es precisamente en la labor de sus protagonistas donde duele más el vacío que le hacen a la serie los diferentes galardones año a año. El papel de Keri Russell y Matthew Rhys no ha sido nada fácil. La contención que exigían los personajes de Elizabeth y Phillip no es fácil de conseguir especialmente cuando sabes todo lo que se juegan en cada escena. La frialdad de Elizabeth, fiel devota de la causa, contrasta con la calma aparente de Phillip que se esfuerza simplemente en tratar de salvar a su familia dejando en un segundo o tercer plano los deseos y necesidades de la gran madre Rusia. Pero ni Elizabeth es tan fría ni Phillip puede mantener siempre la calma. Conforme avanza la historia les vemos pasar por diferentes momentos y situaciones a cada cual más difícil. Hemos sido testigos de sus conflictos internos, como pareja, como compañeros y como individuos cuestionándose una y otra vez lo que estaban haciendo. Poco a poco les vemos reponerse de todas y cada una de ellas y lo hacen juntos. Los actores lograron meter tantos matices en cada uno de los personajes como para que cada nueva decisión con la que nos sorprendían no nos resultase forzada sino una evolución natural. Desgraciadamente, de esa intensa labor interpretativa solo hemos sido testigo unos pocos. Por eso no será de extrañar que esa noche ni Matthew Rhys ni Keri Russell se lleven el Emmy en sus categorías.

Aún queda el factor sorpresa. Podemos encomendarnos a que los académicos hagan de una vez por todas justicia y reconozcan de una vez la excelencia de The Americans. Es difícil que se lleve el premio a mejor serie. Lo mismo ocurre con el de mejor actriz. Keri Russell tiene muy complicado batir a Elizabeth Moss, la gran favorita para alzarse con el galardón. Si Matthew Rhys se hace con el suyo será una suerte de justicia poética con la que los académicos premiarán a la serie para que no se despida de manera tan injusta.

Quiero pensar que, a pesar de la injusticia de los premios, la serie trascenderá en unos años convirtiéndose en un título de culto como sucediera con Oz o The Wire en su momento. The Americans merece que se la reconozca aunque sea de manera paralela. Es una de las mejores series de los últimos años aunque haya pasado desapercibida para el gran público. La falta de fuegos artificiales y de giros continuos de guión que desencajasen mandíbulas la han condenado casi al ostracismo. Esperemos que el tiempo le de la justicia que merece.

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Marta Ramirez

Estudiante de Derecho de día y seriéfila de noche. Un día colgué la bata y el fonendo para probar la segunda carrera que más veces se ha retratado en TV. Aspirante a ser la nueva Ally McBeal

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