La humanidad de la guerra en ‘Valley of Tears’

Nuestro viaje alrededor del mundo nos lleva este mes hasta Israel para conocer los primeros días de la conocida como Guerra de Yom Kippur de la mano de la fabulosa y a la vez terrible Valley of Tears.

La serie, que puede verse en HBO, nos traslada hasta 1973, fecha elegida por la coalición de Egipto, Siria y otros países árabes para recuperar el Sinaí y los Altos del Golán de la ocupación que unos años antes había perpetrado el estado israelí. No es casualidad que la fecha elegida para ello sea una de las más importantes en el calendario judío. 

Valley of Tears nos lleva a esos primeros momentos en los que el ataque cogió por sorpresa a un ejército que se vio sobrepasado por las circunstancias en las primeras horas de aquel horror. La serie retrata muy bien los horrores de la guerra. Sabe llevar al espectador al interior de un tanque, con su atmósfera opresiva y angustiante. Y, sobre todo, sabe transmitir a la perfección el miedo de sus protagonistas. Donde más gana la serie es precisamente cuando se centra en sus protagonistas.

Más allá del relato histórico, la narración decide centrarse en sus distintos protagonistas. Individuos que casi por casualidad se han visto arrastrados a una guerra que nadie esperaba. El servicio militar es obligatorio en el país israelí y tras los tres años de formación militar se pasa a la reserva hasta que se cumplen los 45 años. No importa si se es hombre o mujer. No importan las creencias, ni la clase social, ni el trabajo que se desempeñe. Todo el mundo es parte de la defensa del estado. 

La ficción retrata a la perfección una época llena de conflictos sociales en el país israelí. En esos años el equivalente israelí de los Panteras Negras ocupaban las calles manifestándose contra un estado que distinguía entre asquenazís y mizrajíes, los primeros descendientes de judíos procedentes de Europa y miembros de la clase dominante, los segundos, judíos procedentes del Magreb, Siria o Irak que pertenecían a la clase obrera y que se veían relegados a un segundo puesto en un país que no les favorecía para nada. Sin embargo, llegado el momento, Alush, Marco y Mekhali no dudan en arriesgar sus vidas una y otra vez para proteger a un Estado que día a día les hacía la vida imposible.

Un buen relato bélico sabe mantener el equilibrio entre la denuncia de los horrores de la guerra y alabar el heroísmo. Algo nada sencillo de conseguir en la práctica. Valley of Tears logra alcanzarlo de forma magistral al decidir centrar el relato en la disección del alma de sus protagonistas. Todos y cada uno de ellos, desde el joven y temeroso Avinoam hasta la brigada de tanques en primera línea de fuego, hacen su particular viaje al horror. Sus personas nada tienen que ver en el episodio final con aquellas que conocimos en los primeros compases de la historia. Episodio a episodio vemos como la guerra va haciendo mella en ellos. Es imposible salir indemne. Sus heridas no son solo físicas. Las heridas del alma son las que tardan más en sanar si es que lo hacen algún día. 

El heroísmo que nos muestra Valley of Tears ni siquiera lo parece a simple vista. La serie es muy honesta en ese sentido. El verdadero héroe es anónimo. Está lleno de contradicciones porque es humano. Se rebela contra el Estado en sus calles pero no duda en ponerse a los mandos de un tanque para ser la primera línea de defensa. El acto heroico no es acabar con cientos de tanques desde una colina sino simplemente estar ahí sabiendo que lo más probable es que en esa misma colina les espera una muerte segura. La serie está repleta de pequeños actos como estos. Aparentemente nimios y tan sutiles que a primera vista nadie pensaría en Yoav, Alush, Melakhi o Avinoam como verdaderos héroes de guerra.

La serie es dura, muy dura. Su atmósfera es agobiante. Esto no solo se traduce en sangre, gritos de dolor y miembros amputados. La producción nos muestra de manera constante una estética muy de trinchera plagada de gritos y desorientación espacial que no hace sino favorecer el horror de sus protagonistas y que permea hasta el espectador. El ritmo es por momentos frenético. Como el de las balas que cruzan constantemente el campo de batalla. Y en medio de todo eso, siempre en el centro de la narración están nuestros protagonistas: el joven sabelotodo de inteligencia, los amigos de infancia a lomos de un tanque, la joven enamorada que busca a su amado en territorio enemigo… Sus penas, sus temores y sus historias personales duelen más que cualquier bala y son las que dan forma al relato.

A través de ellos sentimos la necesidad imperiosa de dar media vuelta y volver a casa de la forma que sea. Al mismo tiempo, sentimos el peso de la responsabilidad que recae sobre sus hombros, esa lealtad hacia un estado que les ha golpeado una y mil veces. La última al obligarles a permanecer ahí sabiendo que no son más que peones sacrificables e intercambiables en el gran esquema de la guerra. Y aún así no dudan en quedarse en sus puestos porque saben que son la única esperanza de su pueblo. Son lo único que se interpone entre el enemigo y sus familias. Al final, la guerra nos iguala a todos.

El gran acierto de Valley of Tears es no posicionarse en el conflicto bélico. Lo fácil hubiera sido optar por el relato heroíco y alabar las bondades del victorioso. En cambio, al optar por centrar el relato en protagonistas anónimos, no solo dota de humanidad a la historia sino que elude ese posicionamiento. No estamos ante una declaración política o ideológica. Es más, en cierto momento incluso escuchamos la versión de la otra parte. Ese enemigo que se les parece más de lo que tal vez les gustaría a los dirigentes israelíes. Al final, la historia que nos cuenta Valley of Tears es un homenaje a los caídos, una historia que casi parece una expiación.

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Marta Ramirez

Abogada de día y cinéfila y seriéfila de noche. Un día colgué la bata y el fonendo para probar la segunda carrera que más veces se ha retratado en cine y TV. Aspirante a ser la nueva Ally McBeal.

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