‘El juego del calamar’, la revolución de los ‘kdramas’

No es una sorpresa que Corea del Sur lleva unos años destacando con sus diferentes disciplinas artísticas. Comenzando por la musical, con la globalización del fenómeno BTS primero y del kpop después, y continuando con el panorama audiovisual. Después de conquistar los Óscar con Parásitos, el país asiático no parece conformarse con sus grandes éxitos y ha decidido cosechar uno más, esta vez en forma de serie: un kdrama estrenado en Netflix el pasado mes de septiembre y que se ha convertido en una revolución a nivel global. Todo el mundo habla de El juego del calamar, así que no es de extrañar que volvamos a viajar a Corea del Sur un mes más para hablar del nuevo fenómeno.

El juego del calamar comienza con una idea que, pese a no ser novedosa, sí que sabemos que es un ´éxito seguro: una sucesión de juegos macabros. Ya lo fue el libro Battle Royale (inspiración inequívoca de todos sus sucesores), la trilogía de Los Juegos del Hambre o la más reciente de ellas, la serie japonesa Alice in Borderland, también estrenada en Netflix.

Las comparaciones entre ambas son, en cierto modo, inevitables, y si viajasteis con nosotras a Japón en nuestra serie del mundo de agosto lo comprenderéis. Sin embargo, comparaciones aparte, aunque Alice in Borderland tuvo éxito dentro de sus límites, no ha supuesto el boom que sí que está siendo El juego del calamar a nivel global. Así que, ¿cuáles son las claves del éxito de la serie surcoreana?

Para empezar, la crítica socioeconómica que acarrea. Porque ya hemos dicho que El juego del calamar consiste en una sucesión de juegos macabros, pero lo verdaderamente interesante es el motivo por el que los protagonistas deciden involucrarse en ello: sus deudas. Deudas por apuestas, trabajos basura, facturas médicas o simple derroche. Los problemas económicos forman parte del día a día no solo de los coreanos, sino de cualquier nacionalidad. Y cuando el premio de jugar a un par de juegos infantiles podría solucionarte la vida y conseguir hasta tus sueños más inalcanzables, es sencillo sucumbir y pensar que será fácil.

Por supuesto, aunque esa es la trama central de El juego del calamar, nos será presentada a través de un protagonista, que nos contará su vida a lo largo de la mitad del primer episodio. Gihun (Lee Jung-Jae) es un hombre endeudado por su afición al juego, concretamente, a las carreras de caballos. Lo que le hace un asiduo es precisamente que de vez en cuando, gana, aunque igual que puede ganarse unos cuantos de miles de wones con sus apuestas aleatorias, también los puede perder. Y Gihun ha perdido mucho más que dinero: a su esposa, que ahora vive con otro hombre; y a su hija, que no puede ver tanto como deber´ía por la custodia compartida.

Por eso, cuando un hombre misterioso le aborda en el metro y le ofrece jugar a un juego a cambio de dinero, acaba aceptando. Porque cuando no tienes nada que perder, lo único que queda es ganar.

De este modo, Gihun se verá transportado a una misteriosa isla en la que, vestido con un chándal verde con un número identificativo, tendrá que jugar a algo muy sencillo: el mítico escondite inglés (llamado luz roja, luz verde en la versión de la serie), en el que si te mueves... mueres.

Por supuesto, Gihun no es el único protagonista de esta serie, que consigue que empatices con varios de los participantes y sus dificultades, complicando así cada prueba y añadiéndole más dramatismo. Algo que no sería posible de no ser por las increíbles actuaciones que ofrecen, haciendo que con muy poca información, los personajes parezcan personas reales.

Aunque los problemas de los protagonistas son una de las bazas más importantes de la serie, donde verdaderamente destaca es a la hora de establecer una estética muy característica y diferenciada. Mediante el uso de colores rosas, rojos y el verde de los chándals, El juego del calamar establece jerarquías y también da ese toque infantil que tienen los juegos y que contrasta tanto con el modo de jugarlos.

Otro aspecto en el que la serie destaca es, sin lugar a dudas, como maneja la tensión de cada capítulo. El director y creador, Hwang Dong-hyuk, consigue establecer los tiempos necesarios para dar cada información y que el espectador no llegue a aburrirse, intercalando tramas más profundas con juegos que, aunque pueden tener un final predecible, nos dejan pegados a la pantalla hasta el final.

Todo esto hace que la serie, además de visual, sea tremendamente adictiva, algo que favorece la duración de sus episodios (que varía entre los 30 y 60 minutos) y la cantidad (tan solo 9).

Como cada producto mundialmente conocido, además de tener sus cosas buenas, también tiene sus pegas. Ya pasó con el final de Juego de Tronos, que tuvo más críticas que alabanzas, y pasa de igual modo con El juego del calamar: algunas tramas se tornan un tanto decepcionantes de cara al final y en el último capítulo la tensión e intriga tan bien acumuladas, flojean demasiado.

Sin embargo, su fama es merecida. La crítica social que lleva implícita, el universo realista y a la vez fantasioso creado y la crudeza con la que se tratan algunos de los múltiples temas que abarcan, consiguen que el espectador sienta no una, sino muchas cosas. Dolor, pena, emoción, traición, repulsión... Y al final, si un producto audiovisual te hace sentir, está consiguiendo su objetivo.

En definitiva, El juego del calamar se ha convertido en un fenómeno mundial. Un fantástico modo de que el público general se acerque por primera vez al panorama audiovisual coreano y una forma de conseguir traspasar, como ya dijo Bong Joon-Ho, las barreras del lenguaje.

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María Jesús Navarro

Crecí con Disney y Harry Potter, pero los vampiros me llevaron por el camino de "un capítulo más" hasta que llegué a conocer el apocalipsis zombie. Entre serie y serie, intento estudiar periodismo y comunicación audiovisual con la esperanza de, algún día, emocionar a alguien con alguna buena historia.

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