Chernobyl: cuando la realidad supera la ficción

Chernobyl: cuando la realidad supera la ficción

Chernobyl: cuando la realidad supera la ficción

Series: Chernobyl

5 Stars

Summary

El 26 de abril de 1986, a la 1:23 de la madrugada y en el segundo 45, el mundo se paró. Mejor dicho, tendría que haberse parado al enterarse de lo que acababa de ocurrir en la central nuclear de Chernobyl situada en la antigua Unión Soviética; en una zona en la que a día de hoy está prohibido entrar debido a la alta radiación, como lo seguirá estando en los próximos 1.000 años.

Coder Credit

El desastre de Chernobyl, pese a ser la catástrofe no natural más grande en la vida del planeta, tardó días en conocerse. La culpable de que algo así se ocultara fue la peligrosa combinación que se dio en el peor momento posible; cuando la tensión entre la antigua URSS y Estados Unidos estaba a flor de piel, aunque en teoría ya había acabado la Guerra Fría, y cada hecho que ocurría ya era visto como un intento de ataque del enemigo o, peor aún, como un ejemplo más de su poderío.

Por ello, que de pronto una de las centrales de la gran Unión Soviética sufriera el peor accidente de la historia nuclear y además fuera debido a una sucesión de errores, abanderados por el deseo de obtener la mayor cantidad posible de energía al menor costo, era algo que no podía saberse. Nunca.

Y en parte así ocurrió, tanto en los meses sucesivos al desastre como años después, cuando esa tragedia quedó relegada al olvido. Cuando se cumplieron 30 años muchos documentales trataron de explicar qué ocurrió realmente aquel día. Y gracias a ellos supimos parte de la verdad: que el reactor número 4 de la central nuclear de Chernobyl estalló mientras se realizaba una prueba de seguridad que requería parar los motores de la central.

Pero si de narrar un hecho real tan sorprendente como el de Chernobyl se trata, nada mejor que a través de una miniserie. Y mejor aún si esta tiene detrás una gran productora como es HBO, a la que acompaña Sky para asegurarse de que prima  la realidad sobre la ficción. Aunque en el caso de Chernobyl no hace falta exagerar para sobrecoger al espectador, ya que estamos ante uno de esos ejemplos en los que la realidad supera la ficción.

Es por ello que no nos encontramos con una excesiva dramatización de las vidas que se vieron truncadas aquella madrugada, un recurso muy típico en las historias “basadas en hechos reales”. Y tampoco han sido excesivamente detallistas a la hora de mostrar las llagas provocadas por la radiación, así como las deformaciones que sufrieron los niños que nacieron generaciones después.

Puede que eso hubiera impactado más desde un punto de vista visual, que a fin de cuentas es a lo que está acostumbrado el espectador de la HBO. Pero en esta ocasión han optado, con mucho acierto, por un punto intermedio. Y el resultado es una miniserie de cinco episodios que comienza dos años después del fatal accidente, cuando acaba de terminar el juicio que condenó a diez años de prisión a Bryukhanov, Fomin y Anatoly Dyatlov, los tres únicos condenados por el desastre de la central nuclear. Una cantidad irrisoria, sobre todo porque ellos fueron la cabeza de turco de los verdaderos responsables y que llegaban hasta el alto mando del Partido Comunista, con la KGB siempre detrás.

Pero cuando aún no nos hemos enterado de qué es lo que ha ocurrido realmente, pues ni siquiera sabemos quiénes son los condenados, viajamos dos años atrás en el tiempo. Exactamente al minuto después de que explotara el reactor número 4 de Chernobyl para encontramos con un auténtico caos lleno de órdenes contradictorias por parte de un montón de gente que, pese a trabajar en una central nuclear, no tiene ni idea de qué es lo que hay que hacer.

A partir de ese instante asistimos con pavor a la narración de los hechos que se sucedieron aquella fatídica noche. Pero no pavor porque empiezan a verse cosas muy desagradables: un minuto en contacto directo con la radiación puede deshacer, literalmente, el interior de un cuerpo humano, por lo que hay muchas probabilidades de ver escenas no aptas para los estómagos más delicados.

En esta ocasión el pavor se debe a que nosotros, los espectadores, parecemos ser los únicos conscientes de que lo que ha ocurrido es algo MUY peligroso, mientras que los que están al mando lo tratan como un “pequeño incidente” que solo requiere de unos minutos para solucionarse.

Y cuando esos minutos pasan y está claro que no se trata de un pequeño accidente, en lugar de empezar a actuar para evitar la desgracia, observamos con horror que por encima de eso prima la obsesión por no reconocer el error. Por que no se sepa que en la URSS no saben lo que se hacen. Así, tanto el responsable al cargo de la central y que está más preocupado por culpar a los que no eran más que unos mandados (un chico que con 25 años había sido nombrado director técnico pese a tener una experiencia de solo 4 meses), como los dueños de la central y los representantes del gobierno, se dedican exclusivamente a contar SU verdad. Lo único importante es que la URSS no sea contemplada por el resto del mundo como una nación inferior a la norteamericana... ni siquiera cuando puestos de control de otros países como Suecia les dicen que están detectando niveles altos de radiación y quieren saber qué ha pasado.

Esta obsesión por el secretismo tan propia de los rusos (existen otros casos más recientes como el submarino Kurs o el atentado en el teatro Dubrovka de Moscú) fue lo único que durante días parecían tener en común todos los encargados de solucionar el desastre. ¡Días!

Porque una de las primeras cosas que aprendemos con Chernobyl, y uno de los motivos por lo que estas ficciones históricas tanto bien hacen para que algo así no se olvide, es que lo que muchos creíamos que sucedió en cuestión de minutos en realidad tuvo lugar a lo largo de semanas. Meses incluso. Y que solo empezó a actuarse para evitar el mayor número posible de muertes cuando apareció el verdadero héroe de la historia: Valery Legasov.

Interpretado por un magistral Jared Harris, Legasov ejemplifica perfectamente a uno de esos héroes que recuerdan que la realidad siempre supera a la ficción. Pero no porque él fue él único que parecía saber lo que estaba ocurriendo y que tuvo el valor de decírselo a las claras al mismísimo Gorvatchev, que también, sino porque gracias a él y a sus colegas Ulana Khomyuk (Emily Watson) y Boris Shcherbina (Stellan Skarsgård) lo ocurrido en Chernobyl dejó de ser un secreto. Y, además, sirvió para que se pusieran todos los medios posibles para evitar que la tragedia se repitiera. Y es que además de la sucesión de errores humanos el reactor nuclear voló por los aires por culpa de un fallo en la construcción de la central. El mismo fallo que tenían el resto de centrales que se habían construido recientemente para engrandecer a la URSS… y que sus principales responsables conocían pero no podían señalar, porque eso sería peor que la muerte. Sería desprestigiar a la nación.

Pero, ¿qué ocurrió exactamente ese 26 de abril a las 1:23:45 de la madrugada? Solo es en el último episodio de la miniserie cuando finalmente se desvela el gran secreto. Una decisión también muy acertada, ya que para entonces sí conocemos a todos los implicados. Conocemos cómo acabaron y cómo respondieron ante la tragedia. Y ver esos momentos previos, siendo los principales responsables los que estaban menos preocupados, mientras que las primeras víctimas fueron las que rogaron que no se hiciera esa prueba de control, ya que había muchas probabilidades de que saliera mal, convierte la tragedia inicial en una aún más dura de contemplar.

Por supuesto, hay algunas escenas desagradables. Para aquellos que teman encontrarse más con un documental que con una ficción “made in HBO”, Chernobyl no va a defraudarles. Y que esas escenas sean contadas es precisamente lo que consigue crear una mayor angustia. Ser conscientes de que podrían estar explayándose en los cuerpos destrozados por la radiación, en el dolor de los hombres que están muriendo poco a poco y ante lo que los médicos no pueden hacer absolutamente nada, pero que en realidad no hace falta pues basta con saber que ocurrió. Que fue real.

En su lugar, donde sí se explayan es en esa dicotomía tan propia de una nación militarizada, donde por un lado están los que dan las órdenes y se llenan la boca de palabras como “servir con honor a la patria” o “engrandecer la nación”, y por otro están los verdaderos héroes que saben que van a morir pero a los que no les queda otra opción porque, si no mueren ellos, morirán millones de personas.

Y esos héroes son de muchos tipos: enfermeras que atendieron a los ciudadanos de Pripyat (ciudad a 20 kilómetros de la central) que durante días estuvieron expuestos a la radiación; los mineros que cavaron un túnel a pelo (literalmente) para evitar que la central se recalentara y explotaran los otros reactores aún en funcionamiento; o los famosos “liquidadores” que armados con simples palas debieron retirar todos los restos de la central y contando con solo un minuto de tiempo, pues un segundo más significaba la muerte instantánea. Por supuesto, todos ellos murieron al cabo de los años.

Pero junto a esos héroes voluntarios también nos encontramos con los “héroes forzosos”. Con esa ingente cantidad de soviéticos de todas las edades que ni siquiera tuvieron la opción de elegir si querían dar su vida para engrandecer el país. Que en lugar de ello se encontraron con que habían sido seleccionados para acudir a la zona cero y cumplir con la misión encomendada. Todo ello sin rechistar y además sintiéndose orgullosos porque iban a dar su vida por la gloria de la patria, siguiendo el ejemplo del camarada Lenin.

Todas esas historias confluyen en Chernobyl. Héroes forzosos y voluntarios. Héroes que sabían que iban a morir antes de poner un pie en la central junto a otros que murieron engañados. Gerentes que hasta el último día se negaron a reconocer su culpa y ministros que, pese a acudir a la zona cero con rabia porque preferían estar en cualquier otro lugar del mundo, al contemplar a hombres humildes dispuestos a morir porque “era lo que había que hacer”, se negaron a abandonar la zona aun conscientes de que eso significaría su muerte.

Como en todas las tragedias, que es cuando sale a la luz la verdadera esencia de cada uno, es al contemplar esas actitudes tan distintas ante un mismo hecho cuando nos hacemos una idea de lo que fue realmente Chernobyl. No solo una sucesión de errores. No solo querer jugar con una tecnología que por aquel entonces se comprendía aún menos que en la actualidad. Ante todo fue una historia de héroes y de villanos en la que los héroes murieron para salvar las vidas de desconocidos, y los villanos solo quisieron que se supiera SU verdad.

Durante años lo consiguieron. Y ahora, gracias a esta gran serie, por fin conocemos la auténtica verdad.

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Barbara Cruz

Periodista y escritora a tiempo completo. En los ratos libres veo de todo y leo cualquier cosa que caiga en mis manos. Nunca se sabe cuál será mi nueva obsesión.

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