Star Wars: Episodio VIII: Los últimos Jedi

Star Wars: Episodio VIII: Los últimos Jedi

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Series: Star Wars: Episodio VIII: Los últimos Jedi

4 Stars

Summary

Desesperados ante un enemigo mucho más poderoso, Rey acudirá a Luke Skywalker para que les ayude en su lucha contra la Primera Orden. Mientras, los rebeldes tratarán de sobrevivir, conscientes de que su desaparición total impedirá que la chispa de la rebelión prenda en el resto de la galaxia y se pierda toda esperanza de que algún día vuelva la República.

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El esperado episodio VIII ya está aquí. Tras dos años de espera las miles de preguntas que habían surgido a raíz de conocer a los nuevos personajes: ¿Quién es Rey? ¿Por qué Kylo Ren se pasó al Lado Oscuro? ¿Qué ha sido de Luke Skywalker en todo este tiempo? por fin tienen respuesta. Y además lo han hecho mostrando esa clásica lucha entre el bien y el mal, que no deja de ser el tema central de la saga de Star Wars, de un modo sorprendentemente épico que consigue transmitir en todo momento la emoción, el miedo y la injusticia que todo fan de la serie estaba esperando.

Porque en Los últimos Jedi lo que vemos es a los últimos reductos de la rebelión tratando de sobrevivir. Desde el minuto uno nos encontramos con batallas espaciales donde la superioridad de la primera Orden es insultante, y donde a los pobres Rebeldes no les queda más opción que huir. No porque sean unos cobardes, ni mucho menos, sino porque saben que su objetivo último es el de sobrevivir para que la chispa de la esperanza no se pierda. Porque el día en que eso ocurra será el día en que el Lado Oscuro, representado por los Sith y por la Primera Orden, habrá vencido definitivamente.

Y aunque esta no deja de ser la idea principal que ya se ha visto a lo largo de las ocho películas de la saga, hay que decir que en esta ocasión (tal vez porque todavía tenemos frescos los recuerdos de Rogue One) la sorprendente lealtad que muestran los rebeldes a la causa, y el constante sacrificio que van a hacer miles de personas para conseguir que el Bien venza, se va a colar bien hondo entre los espectadores. En definitiva, los Rebeldes van a hacerse con un huequito bien profundo dentro de nuestros corazones.

Pero, ¿qué pasa con los “protas de la historia”? Con Luke y Leia, los únicos que quedan de los héroes originales, o con Rey, Finn y Poe Dameron, los sucesores de esos héroes. Esa es la otra imagen que en Los últimos Jedi consigue plasmarse a la perfección, a base de momentos cargados de tensión y dramatismo que nos recordarán constantemente que lo importante no es ser el héroe de la historia, o incluso un mito, como es el caso de Luke Skywalker, sino simplemente luchar por lo que es correcto, da igual lo que se tenga que sacrificar. Lo importante es seguir luchando hasta que por fin el Bien venza al Mal.

Pero el problema al que se enfrenta una película como es el Episodio VIII es que no sólo debe contar una historia que tenga lógica y que dé respuesta a todas esas dudas que se habían planteado (la de Rey, probablemente la que más quebraderos de cabeza ha traído a los fans, para mí es perfecta), sino que además debe ser fiel a sí misma. Es decir, debe mantener la esencia de Star Wars.

Y en ese sentido lo ha conseguido con creces, aunque diría que lo ha hecho demasiado bien…

Al igual que ocurrió hace dos años, cuando los fans de las películas originales acudimos al cine con miedo pensando en qué nos íbamos a encontrar (todavía recordábamos el fiasco de los episodios I, II y III) ver de nuevo a los destructores imperiales clásicos, a los trajes militares de estética nazi, el interior de las grandes naves de combate, los extravagantes ropajes de los líderes de la Rebelión con la Princesa Leia (perdón, Comandante Organa) al frente, o los curiosos animales que se veían en los lugares más recónditos del universo... Todo eso conseguía ofrecer esa sensación de “volver a casa” porque nada de aquello nos resultaba extraño. Porque era lo que ya habíamos visto en el pasado y ahora volvía con personajes nuevos que iban a recoger el testigo dejado por Leia, Luke y Han.

Y en el episodio VIII asistimos a ese momento culminante. Si en el episodio VII nos presentaban al que será el futuro de la Rebelión, en este hemos visto cómo esos héroes toman las riendas sin miedo, a base de decisiones que tal vez sean polémicas y entrañen mucho riesgo, pero que son necesarias para conseguir ese objetivo último: el de sobrevivir para que el Mal no venza.

Ello va a implicar, lógicamente, que los que para nosotros (treintañeros que crecimos viendo las películas originales de principios de los 80) son los grandes héroes de la historia, aquí pasen más desapercibidos. Y aunque duela ver, por ejemplo, que Luke Skywalker no tenga tanto protagonismo, aunque va a ser clave la historia y va a tener un par de momentos absolutamente maravillosos, empezando por la primera vez que habla (se ha hecho de rogar el tío); no deja de ser lo lógico. Como él mismo llega a decir en una ocasión, hablando con Rey, Luke Skywalker se convirtió en un mito cuando destruyó la Estrella de la muerte y luego “venció” al Emperador y a Vader; pero para que haya paz en la galaxia no es cuestión de mitos sino de héroes de carne y hueso.

El problema es que, aunque esta idea sea la correcta ante una historia épica de ciencia ficción como es Star Wars y esté bien contada por medio de momentos épicos que consiguen pegarnos al asiento desde el primer minuto, el episodio VIII no deja de ser una historia que debe mantener, por así decirlo, al sello de Star Wars. Y ello hace que, lamentablemente, no puedan contar con esa chispa de originalidad que muchos esperábamos encontrar.

Con esto me refiero a que, si con El despertar de la Fuerza la principal crítica que tuvo es que era la versión 2.0 del episodio IV, con momentos que eran calcados de la película original, aquí va a ocurrir más o menos lo mismo. Y aunque parte de esos guiños responden a ese deseo de que el fan de toda la vida se sienta identificado, por ejemplo al mostrarnos objetos recién sacados del pasado de Luke que lógicamente cumplen con su objetivo de volvernos nostálgicos (tanto para Luke como para nosotros han pasado 30 años desde aquel momento en que un R2-D2 le mostró el mensaje de la Princesa Leia pidiendo ayuda al general Kenobi); cuando a ese guiño le sigue otro y luego otro, y después de eso llegan escenas que son copias de las vistas en el Imperio Contraataca o El Retorno del Jedi… pues como que la nostalgia se convierte en decepción ante la falta de originalidad.

Especialmente cuando ves a personajes como Kylo Ren, que ejemplifica perfectamente esa lucha interna entre el bien y el mal, pero no terminas de verle brillar tanto como se merece (y eso que tiene escenas absolutamente fantásticas) porque parece que lo importante es que nos recuerde a la otra lucha interna que vivió su abuelo, Anakin Skywalker.

Pero tratándose de una película que forma parte de la que es ya una de las sagas más longevas de la historia del cine, hay que aceptar que ésta no es una tarea sencilla, y motivo por el que no puedo sino compadecerme de aquellos directores a los que les ha tocado el marrón de dirigir estas películas. Porque, ¿cuál es la opción correcta? ¿Ofrecer dos horas y media totalmente originales en la que tan sólo las naves espaciales, los robots o el peinado de la Princesa Leía nos recuerde a las películas originales? Eso fue lo que intentó George Lucas con las tres primeras y todos los fans nos echamos a su cuello por haber “corrompido” la idea de Star Wars original, pensando solamente en hacer caja.

Y ese es precisamente el otro gran problema al que se enfrenta una película actual de la saga Star Wars. No ya sólo debe contentar al fan clásico con guiños constantes a las películas antiguas, sino que también debe contentar a la gran productora que ha hecho posible la película: Disney. Y eso se consigue por medio de nuevas naves y nuevas criaturitas que ya están en las estanterías de todas las jugueterías del mundo.

Y aunque no vamos a ser ahora unos hipócritas y decir que eso no estaba en las películas originales (si Star Wars fue pionera en algo, fue en el concepto de merchandising) como que en Los últimos Jedi he notado “esa presencia” de un modo más exagerado que en otras ocasiones.

Y un último handicap al que se enfrentaba Los Últimos Jedis y que creo que no ha conseguido superar: debido a esa necesidad de mantenerse fiel a sí mismos, en Los últimos Jedi nos encontramos de nuevo con una ciencia ficción que, aunque se haya hecho en el año 2017 y cuente con los efectos especiales más avanzados del momento, sigue una teoría espacial propia de los años 80 del siglo XX.

Me explico: la primera vez que se escuchó la fanfarria de John Williams en el cine, seguido de esas letras que iban bajando poco a poco, introduciéndonos en la historia (y que es lo primero que hace que te emociones cuando ahora vas al cine a ver el episodio VIII) era una época en la que los conocimientos que el público general tenía de la ciencia ficción eran tirando a nulos. Por ello a nadie le extrañaba que se oyeran los disparos de las batallas espaciales pese a que en el espacio no hay sonido, o que hubiera explosiones cada dos por tres cuando en realidad eso sería imposible, ya que en el espacio no hay oxígeno, por lo que jamás podría haber una explosión.

Pero qué ocurre. Que mucho ha llovido desde entonces y el espectador actual fan de la ciencia ficción ha visto películas como Marte o Gravity, sólo por citar algunos ejemplos, y ya sabe cómo funcionan realmente las leyes del espacio. Y así, lo que hace 30 años nadie habría visto como una barbaridad (sólo los expertos de la NASA), ahora hace que muchos nos llevemos las manos a la cabeza porque que ocurra algo así es, sencillamente, imposible.

No diré qué escena en concreto es, ni mucho menos, pues da la casualidad de que es una que pretende ser épica y emotiva, por lo que sería un gran spoiler, pero sí diré que al ver esa escena, al menos por mi parte, la emotividad que pretendía mostrar se convirtió en vergüenza por pensar que los creadores estaban tratando al espectador como si fuera idiota, porque ahora TODO el mundo sabe que eso es imposible.

Y ese es, en resumen, el gran problema al que se enfrenta una película como Los últimos Jedi. Con la necesidad de intentar contentar a todos: a los fans de toda la vida con referencias a una historia que ya nos sabemos de memoria, a los actuales con nuevos personajes que casen con los antiguos y a Disney con más juguetes, y además haciendo frente a un salto temporal de treinta años. Treinta años en los que han cambiado muchas cosas dentro del género de la ciencia ficción.

Teniendo en cuenta todos estos factores que tenían en contra, el resultado de Los últimos Jedi es francamente sorprendente. He mencionado algunas cosas que me chirriaban, pero eso no significa ni mucho menos que no me haya gustado. Se me han puesto los pelos de punta con la música del inicio, he observado las batallas espaciales con los ojos abiertos de par en par, me ha dado pena cada vez que los Rebeldes estaban siendo derrotados de una manera aplastante, y he llorado cada vez que Luke sonreía con nostalgia recordando los viejos tiempos.

Viendo el resultado final, como fan que lleva décadas disfrutando con las historias de esa Galaxia, muy, muy lejana, no puedo por menos que ponerme en pie y dar las gracias por esta nueva historia.

Pero sí que me gustaría pensar que, si en el episodio VII las referencias al IV fueron una constante y aquí ha pasado más o menos lo mismo con los episodios V y VI, en el último de la saga por fin veamos esa historia que, aunque siga bebiendo de la clásica lucha entre el bien y el mal, entre el Lado Oscuro y el Lado Luminoso de la Fuerza, sea completamente fresca y original; sin necesidad de apoyarse en la nostalgia para que nos convenza de que es una historia de Star Wars.

No deja de ser lo mismo que Luke Skywalker menciona en varias ocasiones, cuando está con Rey en la remota isla a la que se había exiliado después de perder a Ben Solo en el Lado Oscuro: es hora de que lo viejo muera, pues los mitos y las leyendas no sirven para ganar guerras.

Así, es hora de que digamos adiós a una trilogía que nos conquistó y que siempre ocupará un lugar destacado en nuestros corazones, para dar la bienvenida a los nuevos héroes de la rebelión y que se merecen tener su propia historia.

Terminaremos de ver esa historia en el episodio IX. Hasta entonces, que la Fuerza os acompañe.

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Barbara Cruz

Periodista y escritora a tiempo completo. En los ratos libres veo de todo y leo cualquier cosa que caiga en mis manos. Nunca se sabe cuál será mi nueva obsesión.

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