Estreno apocalíptico de The Walking Dead

Un regreso tan esperado como el de The Walking Dead necesitaba un estreno que estuviera a su altura. Y como estamos hablando de la serie de zombies con más éxito de la historia, por supuesto, eso significaba que hordas de zombies acompañarían a los pocos escogidos que pudimos disfrutar del estreno de la séptima temporada de The Walking Dead en el Pueblo Fantasma. Esta es nuestra crónica.  Que The Walking Dead es una serie que está a otro nivel queda claro no sólo con las cifras de espectadores que cada semana se congregan frente a la televisión, y ya van siete años, sino también por los espectáculos que montan para estrenar cada temporada.

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En esta ocasión el lugar escogido ha sido el párking de un conocido centro comercial al norte de Madrid. Un lugar que en principio no parece tener mucho glamour, pero de eso se trata precisamente. Así, cuando los pocos afortunados que recibimos el salvoconducto para entrar en la zona segura de toda amenaza zombie, llegamos al lugar indicado, vemos que la cosa cambia.

De entrada, el cordón amarillo que indica "zona infectada" ya hace que nos pongamos un poco nerviosos, y más si de fondo, junto a la pantalla gigante desde la que podremos ver el primer capítulo de la séptima temporada, también se oyen unos extraños y terroríficos gritos que sólo pueden significar una cosa: zombies.

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Los minutos pasan y cada vez estamos más ansiosos. No vemos el momento en que se abran las puertas del recinto desde el que, a las 22: 20, podremos ver el regreso de Rick y los suyos; pero tampoco sabemos qué nos vamos a encontrar al otro lado. Cuando los de seguridad por fin nos dejan pasar, el ver que la zona está rodeada por una alta vaya metálica y coronada con alambre de espino, resulta tranquilizador. Además, nada más entrar un grupo de hombres y mujeres armados hasta los dientes nos dan la bienvenida y nos tranquilizan, asegurándonos que aquí estaremos a salvo. Incluso nos ofrecen comida y bebida.

Definitivamente, parece que estamos a salvo.

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Toca entonces recorrer el pueblo fantasma, el único reducto seguro en kilómetros a la redonda, y las esperanzas de que realmente estamos a salvo comienzan a evaporarse. De entrada, lo primero con lo que nos encontramos es un lúgubre cementerio donde las lápidas de los que han caído son bastante numerosas. Justo enfrente, hay un coche volcado en mitad de la calle ¡con un zombie atrapado en su interior! Es verdad que no puede salir, pero sólo de verle ya hace que a mi compañero y a mi se nos quiten las ganas de acercarnos… Y muy cerca del vehículo, en una zona que antaño fue un parque de columpios, ahora hay dos atracciones nuevas en forma de zombies encadenados.

Algunos incautos se hacen fotografías con los zombies, como si todo fuera una atracción de feria. Yo prefiero estar lo más lejos posible de esos seres que parecen oler el miedo, ya que casualmente se acercan más a las chicas que tienden a gritar cada vez que algo se mueve a su lado.

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Seguimos explorando la zona. Si algo sale mal, preferimos saber cuál será la vía de escape más rápida. Llegamos a una zona donde los gritos espeluznantes son más intensos y me encuentro con un autobús escolar. La posibilidad de escapar con ese autobús si la cosa sale mal pasa por mi cabeza, pero entonces descubro que hace mucho que ese autobús también dejó de funcionar y, lo que es peor, que sus últimos viajeros no llegaron a su destino. Resulta estremecedor ver las ventanas cubiertas de sangre.

Pero sin duda lo más sorprendente es lo que nos encontramos al lado del autobús: unas cuantas vayas metálicas están colocadas formando un pasillo y en su interior hay encerrados unos cuantos zombies que no dejan de chillar. Pese a no estar atados no pueden escapar, ya que están encerrados, pero lo más inteligente es mantenerse alejados de la verja.

Sorprendentemente, la gente no sólo no se aleja sino que se acerca… ¿y se hace selfies con ellos? Algunos locos incluso se atreven a entrar en ese pasillo ¡cómo si fuera un pasaje del terror de un parque de atracciones! ¡Y encima repiten tras salir vivos la primera vez! ¿Pero es que se han vuelto locos?

Decido que lo mejor es ir a la zona de los tejados, que es donde los hombres y mujeres que protegen el lugar nos han recomendado que vayamos, al ser la zona más segura. En lo alto de una pequeña iglesia han colocado unas cuantas filas de asientos para que podamos ver el estreno de la séptima temporada de The Walking Dead. Pero a mí, sinceramente, eso ya me da igual. No quiero saber a quién mata Negan  y me da igual si Rick y los suyos se enfrentarán a zombies esa noche. Nosotros somos los que ahora mismo estamos rodeadas de zombies y cada vez queda más claro que la zona es menos segura de lo que nos habían prometido.

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De pronto, como si el destino quisiera darme la razón, empiezan a sonar disparos. Los vigilantes gritan que corramos a los tejados. En la noche, una fría noche que amenaza lluvia, refulgen los brillos de las escopetas al ser disparados. Miro a mi izquierda, buscando a mi compañero, pero no le encuentro por ningún lado. El chillido de un zombie, justo detrás de mí, me dice que no volveré a verle... Al menos, no como le recordaba.

Sin mirar atrás sigo a la mujer que lleva una escopeta y no deja de disparar, junto a los pocos que no nos habíamos entretenido en hacernos selfies con los zombies. Esos fueron los primeros en caer y hace que te des cuenta de lo rápido que actúa el karma en las situaciones de vida o muerte.

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Lo malo es que nosotros, aunque sea más tarde, acabaremos corriendo la misma suerte que ellos. Junto a los disparos, los gritos y los chillidos, de pronto se oye el inconfundible sonido de las vayas metálicas cayendo al suelo. ¡Han conseguido romper la barrera de seguridad!

Los chillidos de los zombies son atronadores al verse libres y con un auténtico buffet de carne fresca a su alcance. Sigo sin mirar atrás y por fin llego a la zona de los tejados. Sólo unos pocos nos hemos salvado. Observamos el espectáculo dantesco que ocurre bajo nuestros pies, con hordas de zombies campando a sus anchas.

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Todavía conservo mi bolsa de víveres y me aseguro de no perderla, pues no sé cuánto tiempo deberé permanecer allí arriba hasta que venga la ayuda. O si incluso llegará antes de que los zombies consigan subir a los tejados.

Entonces, en la pantalla de cine, salen las letras de crédito de The Walking Dead. Intento disfrutar del capítulo pero un último pensamiento me inquieta. El hecho de que justo a mi lado haya un hombre que me resulta vagamente familiar: es bastante corpulento y atractivo con una barba no muy poblada. Me recuerda al actor de una serie sobre cazadores que perseguían seres sobrenaturales... De su vestuario, bastante sencillo, destaca una cazadora de cuero y una llamativa bufanda roja.

Y es entonces cuando la veo a ella, tan aparentemente sencilla, de madera y metal y con el rojo sangre brillando en la noche: Lucille.

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Barbara Cruz

Periodista y escritora a tiempo completo. En los ratos libres veo de todo y leo cualquier cosa que caiga en mis manos. Nunca se sabe cuál será mi nueva obsesión.

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