El secreto del éxito de “American Crime Story”

A muchos les cogió algo desprevenidos que en la pasada edición de los Emmy una de las grandes favoritas fuera precisamente “American Crime Story”, el último invento de Ryan Murphy. Sin duda, para alguien fuera de los Estados Unidos la historia rocambolesca del jucio a O. J. Simpson es una más que podría cuadrar perfectamente en cualquier serial de abogados. “The Good Wife” podría habernos planteado la misma historia y todos habríamos caído bajo el hechizo de Alicia Florrick. ¿Pero por qué fascina tanto al público estadounidense esta serie?

Para muchos de nosotros el caso de O.J Simpson es totalmente desconocido. Hasta la serie de Murphy muy pocos conocían al dedillo los antecedentes de una trama que parecía sacada de un guión de Hollywood. Tal vez por eso cueste tanto de entender el fenómeno de “American Crime Story” fuera de las fronteras estadounidenses. Pero recapitulemos lo que sucedió la noche de autos antes de entrar en la ficción (o quizás no tanta) de la serie. A mediados de los años noventa, la sociedad americana asistió a uno de los juicios del siglo; un terremoto judicial que pronto abandonó la sala para convertirse en un fenómeno mediático y una situación que sacó a la luz las tensiones raciales que América aún trataba de superar. Todo ello a costa del brutal asesinato de Nicole Brown y Ron Goldman, dos nombres que tristemente hoy son presa del olvido colectivo, eclipsados por el circo que se formó alrededor de Orenthal James Simpson.

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O.J. Simpson era la personificación perfecta del sueño americano. Un afroamericano de familia modesta que consigue una beca deportiva que le permite estudiar en una importante universidad del sur de California y que termina convirtiéndose en toda una estrella del fútbol americano. El 12 de junio de 1994 su exmujer, Nicole Brown, y el amigo de ésta, Ron Goldman, fueron hallados muertos en la propiedad de Brown y rápidamente la estrella de fútbol fue acusada de los brutales asesinatos, convirtiéndose así en un ídolo caído y en el centro de todas las miradas.

Tras la detención de O.J.Simpson, el proceso contra él se convirtió en uno de los eventos mediáticos más seguidos por la sociedad americana. El día en el que se emitió el veredicto final la mitad de la población estadounidense estaba pendiente del mismo a través de las pantallas de televisión, convirtiéndolo en uno de los eventos más vistos en la historia del país. Un juicio que se publicitó del mil formas distintas en los diferentes medios de comunicación y en el que todo el mundo tenía algo que decir al respecto. Lo cierto es que esta historia nunca ha estado clara del todo. Y quizás ahí radique parte del atractivo de “American Crime Story”.

No cabe duda de que dentro de la historia reciente estadounidense, el caso de O.J. Simpson aún sigue levantando interés. Unos ven a todo un maestro del crimen mientras que otros ven irregularidades en la investigación y hasta una conspiración salpicada de tintes raciales para hacer caer a una de las personalidades más importantes del momento en la sociedad estadounidense. Todo esto aderezado con la cultura del querer saberlo todo de las celebrities y con la fina línea que separa vida pública de la íntima cruzada múltiples veces. Si a eso le añadimos un proceso judicial salpicado de dudas y con un amplio debate dentro y fuera de los juzgados sobre el procesamiento judicial tenemos los ingredientes necesarios para una historia que desde el minuto uno capta la atención del espectador. La verdad es que nadie sabe a ciencia cierta qué ocurrió la fatídica noche del 12 de junio y todos se mueren por saberlo.

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Uno de los grandes aciertos de la serie es la de no dejar nunca clara su postura con respecto al caso. La serie decide contar todo lo sucedido a lo largo del proceso judicial de forma que parezca casi un documental. A cambio se centran en lo que puede dar más juego, en el punto dramático de cómo un acontecimiento como la falsa acusación (o no) puede cambiar la vida de una persona de forma insospechada. Y no hablamos sólo de los afectados directos. A nadie se le escapa el papel que jugaron todos los implicados en el escándalo, desde los abogados hasta los periodistas que diseccionaban la noticia en busca de una exclusiva que nadie más tuviera como método infalible para catapultarse a lo más alto de sus carreras profesionales.

En los 10 episodios que dura la serie, los guionistas hacen uso de una forma impecable de una historia que, tal y como aconteció, era ya todo un guión esperando a ser llevado a la pantalla. Abogados que retuercen la verdad para hacer que pruebas concluyentes dejen de serlo, la persecución del ídolo de masas en primera plana en todos los diarios y en todas las televisiones… De haber ocurrido hoy día probablemente habría roto todos los récords de twitter en repercusión en redes sociales. Pero el acierto de los guionistas no está solo en haber cogido una historia que ya de por sí era buena, si no en ser consciente de los muchos huecos en blanco que quedaban por rellenar en una historia en la que nada está claro y rellenar esos huecos con los puntos de vista más emocionales de los protagonistas. De ese modo, es aún más fácil enganchar al espectador. Ya no es sólo la historia la que atrapa al que se atreve a ver la serie sino que además queda enganchado por unos personajes cuyo parecido físico a los protagonistas reales asusta.

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Pero quizá el mayor acierto de la serie es que, a pesar de contar con la firma de Ryan Murphy es la menos murphyana de sus creaciones. Se nota y mucho la escritura de Scott Alexander y Larry Karaszewski, eso sí, conservando el sentido del ritmo propio de Murphy y esa habilidad innata para jugar con el cliffhanger y dejar con la boca abierta. A cambio, tenemos una serie que carece de todos los excesos por los que Murphy es famoso y que hacen que gran parte del público que lo conoce huya por instinto de sus series. Sin los excesos narrativos de Murphy la serie está más autocontenida, sin esa necesidad de querer dejar al espectador con la boca abierta en cada secuencia, sino dejando que la serie fluya de una forma mucho más natural.

Asimismo, a pesar de lo que pudiera parecer el elenco sobre el papel, lo cierto es que una vez vista la serie podemos darnos cuenta de que no sobra ni falta nadie. Es más, los hay hasta que nos sorprenden. ¿A quién no le sorprendió ver a David Schwimmer clavando un papel dramático tan diferente de ese Ross Geller de “Friends” que le ha perseguido durante tantos años? La verdad es que todos los protagonistas derrochan habilidad en sus interpretaciones. Ver esos cruces dialécticos dentro y fuera de la sala es una delicia que mantiene al espectador en vilo, esperando ver quién se rendirá antes, quién se atreverá a dar por perdido el lance.

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Lo cierto es que episodio a episodio, escena a escena la serie va construyendo su relato hasta llegar al final. Un final demoledor en el que vemos a la otra parte, la impotencia de los vencidos en contraposición a la alegría desbordante de quien ha sabido jugar y manipular un relato de los hechos que olía a sentencia firme e irrevocable. Una condena que salió rana.

Es difícil no ver la serie y no sentir lo que debieron de sentir los millones de estadounidenses que asistieron como espectadores de excepción a uno de los juicios del siglo desde la comodidad de sus hogares. Es aún más difícil ver la serie sin atreverse a emitir un juicio sobre lo que pasó aquel 12 de junio de 1994 en función de la historia que nos han contado, que siempre ha de ser mejor que la de la otra parte. Y es justo por eso por lo que “American Crime Story”  es una de las grandes series del 2016. Ahí es donde radica su secreto.

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Marta Ramirez

Estudiante de Derecho de día y seriéfila de noche. Un día colgué la bata y el fonendo para probar la segunda carrera que más veces se ha retratado en TV. Aspirante a ser la nueva Ally McBeal

About Marta Ramirez

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