El Ministerio del Tiempo 3×01: Con el tiempo en los talones

El Ministerio del Tiempo 3x01: Con el tiempo en los talones

El Ministerio del Tiempo 3x01: Con el tiempo en los talones

Series: El Ministerio del Tiempo

4 Stars

Summary

Alfred Hitchcock estrena en el Festival de cine de San Sebastián su última película: Vértigo. Ocasión que intentarán aprovechar unos misteriosos espías para secuestrarle, y que los agentes del Ministerio del Tiempo deberán evitr a toda costa, incluso a riesgo de sus vidas.

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El Ministerio del Tiempo por fin ha regresado tras meses de dudas sobre su posible continuidad y la presencia (o no) de su principal elenco. Un regreso que, además, llegaba con un poco de miedo por ver si la nueva temporada alcanzaría el mismo nivel visto en temporadas anteriores, o incluso sería capaz de superarlo... Y "Con el tiempo en los talones" ese miedo ha desaparecido.

Este primer episodio de la tercera temporada ha servido para asentar las bases de los nuevos peligros a los que tendrán que enfrentarse Amelia Folch, Alonso de Entrerríos y Pacino, siempre guiados por Irene Larra, Salvador Martí y Ernesto Jiménez, sin olvidarnos de Angustias y el resto de funcionarios del Ministerio del Tiempo.

¿Y qué pasa con Julián? Esa era la pregunta que estaba en el aire, antes incluso de que comenzaran las letras de crédito del episodio, y que rápidamente fue resuelta para tristeza de muchos, la mía incluida. Efectivamente, la ausencia de Rodolfo Sancho para la tercera temporada de El Ministerio del Tiempo era algo que ya se sabía desde hacía mucho, por lo sólo quedaba por resolver la incógnita de cómo y por qué desaparecería ese personaje después de que la segunda temporada hubiera terminado, al parecer, con un reencuentro feliz entre los tres agentes: Amelia, Alonso y Julián.

Y en esta ocasión se ha optado por lo más clásico, y que no deja de ser lo más efectivo. Así, el episodio comenzaba con una visita al cementerio, lo que nunca es buena señal, y con la cúpula del Ministerio del Tiempo llorando ante una tumba que, por mucho que quisiéramos pensar que “tal vez no era” al final sí que ha sido: Julián Martínez ha muerto. Y además lo ha hecho como ese héroe que siempre fue: poniendo su vida en peligro para ayudar a los demás y, por mucho que le pesara en ocasiones, mantener la historia tal y como estaba. En esta ocasión, salvando al poeta Miguel Hernández durante la cruenta batalla de Teruel de la Guerra Civil, para que todos poduéramos disfrutar de sus “Nanas de la cebolla”.

Pero lo curioso es que ni siquiera hemos tenido tiempo de llorar esa pérdida que llegaba a la vez como un jarro de agua fría y una muerte largamente anunciada. Para eso ya estaba el episodio que se emitía a continuación, el primero de la serie, y donde veíamos a un Julián destrozado por la muerte de su mujer Maite y que nos hacía recordar irremediablemente ese episodio final de la primera temporada donde descubría que fue él mismo el causante de su muerte… Entonces sí ha llegado esa pena por comprender que al final no veremos a Julián superar la muerte de Maite, por lo que siempre le recordaremos como ese personaje espontáneo y divertido en ocasiones, pero siempre rodeado de melancolía y remordimientos.

Aunque ese no deja de ser el sino de todos los funcionarios del tiempo: su vida por el mantenimiento de la Historia. Y por tanto había que aceptar rápidamente la realidad y seguir adelante. Y eso es precisamente lo que se ha visto en el resto del episodio, cuando en cuestión de segundos hemos pasado de la tragedia al máximo suspense.

Y para ello, siendo uno de los puntos fuerte de El Ministerio del Tiempo las inspiraciones y homenajes a otros grandes del cine y la televisión… ¿por qué no inspirarse en el más grande maestro del suspense de todos los tiempos?

Y así ha sido. Alfred Hitchcock ha ocupado un lugar protagonista en el arranque de El Ministerio del Tiempo, tanto en forma como en fondo. En fondo con esa maravillosa casualidad que quiso que Vertigo, una de sus películas más aclamadas de Hitchcock,  fuera estrenada en el Festival de San Sebastián del año 1958 (esto es, en plena Dictadura franquista y en plena Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética). Y en forma por medio de una estética en la que absolutamente todo lo visto en el episodio: los escenáreos, los planos escogidos por las cámaras, el vestuario, la música… recordaban a Alfred Hitchcock.

Y aunque la mayor parte de ese homenaje se lo llevaba Vértigo con la trama central de Pacino y una mujer a la que amaba que al final no resultaba ser quien creía que era (no comento más para que los que no han tenido la ocasión de ver Vertigo que la disfruten en condiciones), también se han podido ver otros guiños a las principales películas del cineasta: el vestuario escogido por Amelia con un abrigo y peinado calcado al de Tippi Hedren en Los Pájaros. La mítica escena de la ducha de Psicosis combinada con la de La soga, en este caso transformado en un intento de asesinato de Pacino y donde los violines de fondo volvían a instaurar ese sentimiento de pánico. El primerísimo plano del rostro sin vida del espía asesinado, al igual que ocurriera con Janet Leigh en Psicosis...

Y por último pero no menos importante, también hemos sido testigos de esa “historia secundaria” protagonizada por Salvador Martí que, reencarnando a la perfección a James Stewart en “La ventana indiscreta”, nos ha presentado de la mejor manera posible el McGuffin de Hitchcock. Esto es, esa técnica que consigue engañar al espectador haciéndole creer hay un elemento que resulta clave en la película, pero al final resulta que no tiene ninguna importancia ya que la trama principal está en otro sitio y con otro elemento.

Y eso es más o menos lo que ha pasado con la presencia de ese operario que estaba trabajando en las obras de remodelación del claustro del Ministerio y en el que la presencia de un walkman hacía saltar todas las sospechas de Salvador porque ¿quién lleva hoy en día un walkman aparte de Star Lord en Guardianes de la Galaxia y otros nostálgicos como él?; al final no se trataba de esa historia secundaria pensada para aligerar la tensión de lo que estábamos viviendo con la brigada de Amelia en San Sebastián, sino que se ha convertido en el meollo de la cuestión.

Un meollo que nos presenta a unos nuevos enemigos del Ministerio del Tiempo (los rusos) y a una nueva femme fatale (Marta, la novia de Pacino) que, al más puro estilo Lola Mendieta, en el fondo sólo quiere hacer el bien sin importar las consecuencias ni las formas. Así que no tendrá problemas en aliarse con los sovieticos para cambiar la historia y, tal vez, aprender de los errores.

Porque en ese sentido la historia siempre se repite. Y si el episodio comenzaba con la pérdida de un compañero al que no podían salvar pese a poder viajar atrás en el tiempo, que es la mayor tragedia de trabajar para ese Ministerio; concluía con otro clásico de la serie. Esto es, la presencia de varios enemigos del Ministerio pero que tal vez no lo sean tanto, pues todo depende del punto de vista con el que se miren las cosas. Y si de momento no sabemos qué es lo que quieren hacer los soviéticos, sí que se intuye ya que el objetivo de Marta es el bien común, da igual cuáles sean las consecuencias.

Veremos si esta vez tienen éxito, ya sean los unos o los otros.

Los que de momento sí han tenido éxito han sido los creadores de El Ministerio del Tiempo, que han vuelto a infundar en el espectador esas ansias por conocer más de nuestra propia Historia. Y si en temporadas anteriores muchos terminamos cada episodio deseando saber más de Spinola, Los últimos de Filipinas o la Vampira del Rabal, por poner sólo unos ejemplos; no sé vosotros pero tras ver "Con el tiempo en los talones" lo que tengo es unas ganas locas de empaparme de los clásicos de Hitchcock, que me he quedado con ganas de más.

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Barbara Cruz

Periodista y escritora a tiempo completo. En los ratos libres veo de todo y leo cualquier cosa que caiga en mis manos. Nunca se sabe cuál será mi nueva obsesión.

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