El Ministerio del Tiempo 2×13: Cambio de Tiempo

El Ministerio del Tiempo 2x13: Cambio de Tiempo

El Ministerio del Tiempo 2x13: Cambio de Tiempo

Series: El Ministerio del Tiempo

5 Stars

Summary

El rey Felipe II no es capaz de superar la derrota de su temible Armada Invencible a manos de los ingleses. Pero en vez de dejarlo todo tal y como debió haber sido, el monarca recuerda que tiene en su reino a un Ministerio del Tiempo que le permite cambiar el curso de la historia… Algo que hará hasta límites insospechados.

Coder Credit

Para terminar la temporada, el Ministerio del Tiempo se despide con un capitulazo en todos los sentidos: Por su guión magistral, que ofrece paradojas temporales a la vez que plantea grandes reflexiones sobre "qué habría pasado sí"; por el elenco de actores elegidos para la ocasión, con un increíble Carlos Hipólito encarnando al mismísimo rey Felipe II con todas sus contradicciones y sin olvidarnos del humor; y por el resto de actores que ya formaban parte del ministerio, que esta vez ofrecen una versión un poco distinta a la que nos tenían acostumbrados.

Hace un par de semanas vimos por primera vez algo que no se había tocado hasta ahora en la serie: el hecho de que una misión de los funcionarios del tiempo fallara y, como consecuencia, toda la Historia cambiara pero algunas personas recordaran la Historia original tal y como tendría que haber sido. Dicho en otras palabras: Un "Regreso al Futuro II" versión española.

Pero si en esa ocasión la paradoja temporal vino en clave de humor con un capítulo divertidísimo de la mano de Colón y Lombardi, para la temporada final nos tenían reservada una historia más intensa, dramática y llena de detalles que merece la pena analizar en profundidad.

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Lo primero es esa gran pregunta que todos nos hemos hecho mientras veíamos el capítulo: ¿Qué habría pasado si el Imperio Español no se hubiera ido desgranando con el paso de los siglos y conservara hoy su esplendor de antaño? A esta pregunta, que ya tiene bastante enjundia, se añade una cuestión si cabe más importante, aprovechando que estamos en una serie de ficción: ¿Qué pasaría si, para mantener el poderío del Imperio Español, su rey aprovechara las ventajas que supone tener a un Ministerio del Tiempo en sus manos?

La respuesta la encontramos en una España bastante peculiar  en la que se mezcla una mentalidad propia del absolutismo de la época de Felipe II y donde lo que decía el rey iba a misa (y si no, ya se encargaba la Inquisición de que fuera a misa), pero donde la tecnología y el progreso son propios del siglo XXI.

Fruto de ello tenemos momentos memorables y tremendamente divertidos. Por ejemplo, ese rey comunicándose con el resto de sus épocas (porque es el rey del Imperio pero también del Tiempo... lo que no da miedo ni nada) a través del móvil o queriendo saber cómo funciona excel, o dando ese discurso desde palacio y que debe ser semanal por eso de que su Imperio es amplio y sus súbditos deben estar bien informados de todo: tanto de sus victorias sobre el infiel, como de esa gran noticia que es que ha bajado el paro gracias a los recortes que ha hecho el reino, y que son duros pero necesarios.

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Pero a este cúmulo de secuencias donde Amelia, Alonso y Julián son testigos incrédulos del nuevo comportamiento de la monarquía "parlamentaria", ya que ellos son los únicos conscientes de lo que ha cambiado la historia por haber estado viajando entre dos puertas en el momento en que tuvo lugar ese cambio; le seguirán otras tantas secuencias que son bastante menos divertidas.

Así ocurre con el cambio de uniformidad (o mejor dicho, con la presencia de una uniformidad que hasta ahora no había existido en el ministerio del tiempo), donde todos los funcionarios deben vestir cual hombres de negro pero, y aquí está la clave, sin dar muestras de individualidad. Como consecuencia la diversidad ha desaparecido, lo que lleva irremediablemente a que personas como Irene Larra tengan que esconderse y vivir una vida que no es realmente la suya… Y si en algún momento se les ocurre siquiera plantearse quiénes quieren ser, ya se encarga el Santo Oficio para que vuelvan al redil.

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Esta visión del Ministerio, donde Ernesto está al cargo y parece ser feliz por ello (aunque no tiene hijo y, si lo tiene, tampoco es que le importe mucho), se traslada a la sociedad en general con un panorama que al principio no parece muy duro pero que realmente lo es, y mucho. Y es que asistimos a una Dictadura en toda regla donde la gente es feliz siempre y cuando lo sea su reino, siendo el honor de ese Imperio Español el sentimiento único que rige las vidas de todos los súbditos y, por supuesto, siempre y cuando cada súbdito acepte cuál es el papel que le ha tocado tener.

Así tenemos a las mujeres del Imperio Español y, en concreto, a las mujeres que nos interesan a nosotros, que son las de Julián y Alonso. Es decir, a Maite y Elena. Porque esto no sería el Ministerio del Tiempo si, junto a lo curioso que es ver a Felipe II hablando por Skype o lo duro de ver a Irene Larra encerrándose a sí misma, no viéramos también ese dilema al que se deben enfrentarse nuestros funcionarios: Permitir que todo el mundo siga siendo infeliz para disfrutar ellos de su propia felicidad, ahora que por fin se han cumplido todos sus sueños.

Eso es exactamente lo que les ocurrirá a Alonso y Julián. Porque aunque no están contentos con una España donde la democracia es una quimera, al llegar a casa sus esposas les reciben con los brazos abiertos y, en el caso de Alonso, está a punto de tener un hijo… Hasta aquí todo bien pero… ¿está realmente todo bien? Y es que sus mujeres no parecen realmente sus mujeres y, como describe perfectamente Alonso de Entrerríos: "Esta Elena es como mi esposa Blanca".

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Esa es la clave de todo: Haber trasladado una mentalidad propia del Absolutismo a una época en que la democracia y la libertad de todos los hombres debía ser la única máxima a seguir. Y aunque el resto del mundo es feliz (a la fuerza) siendo súbdito del Imperio Español, los que saben cómo tendría que haber sido realmente esa realidad ¿serán capaces de dejar que toda esa gente no disfrute de la libertad que les corresponde?

Amelia lo tiene claro, ya que se niega a vivir en pleno siglo XXI con una Inquisición campando a sus anchas. Y aunque en su caso podría decirse que lo tiene más fácil porque no tiene a nadie que le esté esperando en casa, pues en esa realidad Pacino murió por unos crímenes que no había cometido, ella sabe que también está poniendo en riesgo su vida. Por ello tratará de convencer a sus compañeros de patrulla para que dejen atrás su propia felicidad a cambio de la del resto del mundo, ya que eso es lo que tiene que hacerse.

Claro que una cosa es decirlo y otra hacerlo… O eso pensarán Alonso y Julián hasta que comprenden (no les cuesta mucho, pues las diferencias son abismales) que las mujeres que tienen como mujeres no son precisamente las mujeres que habían conocido, al haber sido sacadas directamente de otra vida, de otra época y, en resumen, de otra mentalidad que les ha arrebatado su alma…

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Por si todo esto no fuera suficiente, y ya estamos hablando de muchas cosas, hay que añadir un último detalle que convierte a este capítulo en uno redondo. Un detalle que en el fondo siempre ha estado presente en El Ministerio del Tiempo, como es el mostranos a todos los personajes como hombres y mujeres con todas sus complejidades, sin necesidad de encasillarlos en algo tan simple como son "buenos" y "malos".

Me refiero en concreto a la figura de Felipe II, el gran protagonista del capítulo y quien ha estado a punto de acabar con la Historia de su propia nación. Un monarca al que habría sido muy fácil presentar como a un rey obsesionado con el inglés y para el que su fin justifica cualquier medio y que jamás piensa en sus súbditos porque "él es el más malo de todos". Sin embargo, y aunque esto realmente ocurra y esté dulcificado por algún toque de humor muy necesario para la ocasión, lo que hacen es mostrarle como a un rey acorde a la época en que le tocó vivir, y en la que cada palabra que dice y cada gesto que hace es consecuencia de esa época que le tocó vivir…

¿Qué ello hace que en el Imperio Español se viva dentro de una dictadura? Por supuesto. ¿Qué las dictaduras no son buenas? Evidentemente… Pero me quito el sombrero ante la capacidad de haber logrado algo tan difícil como es presentar el lado humano de un monarca que no deja de estar quitando la libertad a su pueblo porque eso es algo intrínseco a una época donde la democracia no era ni el germen de una idea, por lo que en su caso es lógico que su forma de ser le lleve a obsesionarse porque su reino sea el mejor de todos y sin importar a qué precio.

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Cierto que al final hay un cambio de parecer en Felipe II como consecuencia de las amenaza de Alonso de Entrerríos, siguiendo el plan de Amelia Folch, o de las palabras de Salvador Martí, quien le recordará que morirá con horribles dolores como cualquier mortal sin importar su rango, lo que pesará hondamente en él… Pero el caso es que después de haber visto a ese rey orgulloso y que gobierna con puño de hierro, también podremos ver al final del capítulo a un rey en el final de su vida, que es más hombre que rey, y que además nos recordará la gran desgracia que fue vivir a la sombra de su padre, el más grande monarca de España.

Unos momentos finales en los que el monarca ha aprendido una gran lección que no es otra que una nación crece gracias a sus victorias pero también gracias a sus fracasos, y que la máxima del ministerio del tiempo es la única posible: "El Tiempo es el que es y no se puede cambiar".

Y tal vez sea porque para el monarca del Imperio donde no se ponía el sol, aprender semejante lección es todo un logro digno de elogio y algo así se merece una recompensa, al final Amelia Folch aparecerá como un auténtico ángel. Un ángel que es a la vez "ángel de la guarda" y "ángel de la muerte" y que sobre todo es una mujer que siempre cumple sus promesas, como es ayudar al rey a morir como todo hombre desearía: en paz y con el consuelo de una mano amiga.

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Todavía se me pone la piel de gallina  con esa escena final en la que todos hemos podido sentirnos identificados. Porque ahí no estábamos viendo a un rey, a un emperador o a un déspota del absolutismo, sino a un hombre corriente que lo único que pedía, después de tantas batallas ganadas y perdidas, era no morir solo…

Lo dicho, un capitulazo para enmarcar que tal vez sirve como despedida final y no sólo como final de temporada. Si ese es el caso, aunque lógicamente echaré de menos las aventuras de los funcionarios del tiempo, sus dilemas y los quebraderos de cabeza que nos han dado a la hora de entender las paradojas temporales; no puedo más que dar las gracias a sus creadores y artífices por habernos dado una serie tan completa y que ya forma parte de la Historia de la televisión.

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Barbara Cruz

Periodista y escritora a tiempo completo. En los ratos libres veo de todo y leo cualquier cosa que caiga en mis manos. Nunca se sabe cuál será mi nueva obsesión.

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