El Ministerio del Tiempo 2×12: Hasta que el tiempo nos separe

El Ministerio del Tiempo 2x12: Hasta que el tiempo nos separe

El Ministerio del Tiempo 2x12: Hasta que el tiempo nos separe

Series: El Ministerio del Tiempo

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Summary

¡Es tiempo de boda! Dos de los funcionarios del ministerio del tiempo se casan y para celebrar tan insigne evento optarán por un precioso castillo medieval. Pero con la suerte que se gastan, el escenario elegido resultará tener una puerta del tiempo que entronca directamente con un episodio que más tiene de leyenda que de realidad…

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El capítulo de esta semana de El Ministerio del Tiempo, ha sido una auténtica oda al amor. Es lo lógico en un capítulo donde la celebración de una boda tiene el mayor protagonismo, y más si ese evento es tratado de un peculiar modo para mostrar lo mucho que han cambiado las cosas en cuando a bodas y amor se refiere. 

Y es que esta semana nos encontramos con muchas formas de amor y, sobre todo, con muchas formas de reflejar ese amor. En primer lugar está la afortunada pareja que se va a casar, queriendo compartir este momento tan memorable con sus familiares y amigos. ¿Que además resulta que son funcionarios del ministerio del tiempo y les gusta lo medieval? No pasa nada, se va a un castillo para celebrar la boda, pues aquí lo importante es que se quieren y quieren compartir el resto de sus vidas en amor y compañía.

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Pero la cosa cambia cuando ese evento, supuestamente feliz, se muestra a la par que otra boda que tuvo lugar ochocientos años atrás, en ese mismo castillo, pero en una época en la que el amor era lo de menos a la hora de dar el paso del matrimonio. Nos encontramos así con la historia de la pobre Constanza quien, pese a amar a un joven pastor, debía casarse con el señor de aquellas tierras y que además en el futuro sería uno de los héroes de la batalla de Las Navas de Tolosa, una de las batallas más importantes durante la reconquista.

Aunque ser héroe no le quitaba ser también un hombre cruel, ya que no dudará en matar a su contrincante frente a la desdichada Constanza, que encima luego tendrá que casarse a la fuerza con el asesino de su amor verdadero… En resumen, un mismo sacramento visto de maneras opuestas y que confirma lo mucho que han cambiado las cosas.

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Para terminar de confirmar esta gran verdad, otra de las muestras de amor que se presentan en este capítulo es una que hasta hace no mucho era de lo más criticada (además de ser apenas visible), y que es la protagonizada por Irene Larra, la única que se divierte de lo lindo durante al boda al conocer a una de las invitadas de esa boda. Y en un principio diría que la chica tiene suerte para encontrar a mujeres afines a sus gustos, pero lo cierto es que Irene / Cayetana Guillén Cuervo estaba espectacular, así que no niego que si hubiera sido mi caso, tampoco me habría importado acompañarla al baño.

La que no tiene tanta suerte,  estando igual de espectacular, será Amelia Folch. Ella optará por un vestido muy alejado a la moda de su época, pero todo sea para terminar (o empezar) de conquistar a Julián… Claro que Julián no está para bodas, pues en su caso las bodas no son sino un recordatorio de lo que tuvo y perdió, así que no termina de atreverse a dar el paso con Amelia. Y si a eso se añade que los dos tienen muy mala suerte y que cuando por fin parece que va a haber algo más, aparece la mismísima Constanza recién llegada del siglo XIII para intentar suicidarse, pues para de contar.

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Así que, una vez más, la parejita tendrá que dejar sus intereses personales para salvar la situación, que en esta ocasión pasa por evitar que la doncella muera, y después por evitar que el mismísimo Don Fadrique, que está buscando a su díscola esposa, no organice una escabechina entre los invitados a la boda... Y a ser posible sin que esos invitados descubran que hay una cosa llamada “las puertas del tiempo”.

La estrategia para conseguir esto último no pasará a la Historia por la mejor del mundo, pero al menos sí que contará con el efecto sorpresa de los fuegos artificiales para que el noble decida volver a su época, que es mucho más tranquila. Eso sin olvidarnos, por supuesto, del siempre útil alcohol que hace que te creas cualquier cosa que veas… y que luego dudes de lo que has visto.

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Pero antes de despachar al noble y devolverle a su época, presenciaremos otro ejemplo de amor, en este caso el protagonizado por Alonso de Entrerrios y Elena. Después de liar al pobre Alonso con si va o no va a la boda, al final Elena será la “agraciada” para sustituir a la esposa del noble cuando Fadrique se niega a marcharse a su casa sin esposa, y pronto comprenderá que aquello no es una representación teatral. Así llegará Alonso en el último minuto, dispuesto a salvar a su doncella en apuros (sin ser ella nada de eso) y enfrentándose en un trepidante duelo a espada que, para rematar la cosa, culminará con un paseillo a cámara lenta con espada en mano y llevando en la otra a su “damisela”. Un paseíllo por el que cualquier caballero se pirraría, así como lo hemos disfrutado los fans de dicho caballero. ¿Que está muy visto este efecto? Pues sí, para qué mentir. Pero si tantas veces se usa, por algo será.

Lo malo, porque en esto del amor no siempre hay finales felices, es que Elena terminará de comprender que su novio es más peculiar de lo que creía y que su relación guarda muchos más secretos de lo que le gustaría. Así que Alonso no tendrá más remedio que tener esa conversación largamente pospuesta… y Elena no las tendrá todas consigo.

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Y mientras nuestros funcionarios pasan por momentos un tanto delicados en sus relaciones personales: Alonso debiendo contarle la verdad a Elena, Amelia otro tanto con Julián sobre su encuentro con Pacino, y Ernesto aceptando que tiene un hijo pero como si no lo tuviera; la protagonista de la primera boda que presenciamos, la dulce y pobre Constanza, tendrá un final agridulce.

Final agridulce que además permite recordarnos la idea central del capítulo, que es lo mucho que han cambiado las cosas en esto del amor. Porque en un principio podría pensarse que el final de Constanza, que acaba ingresando en un convento de una época distinta a la suya y donde por tanto no tiene a nadie, es un final triste... Pero si ese final triste es la única alternativa que tiene, y encima debe considerarse muy afortunada porque cualquiera en su situación no habría tenido esa suerte y no le habría quedado otra que vivir junto a su marido a la fuerza, pues ya no parece tan triste... Triste no pero, ¿feliz?

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Barbara Cruz

Periodista y escritora a tiempo completo. En los ratos libres veo de todo y leo cualquier cosa que caiga en mis manos. Nunca se sabe cuál será mi nueva obsesión.

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