El Ministerio del Tiempo 2×08: Tiempo de Valientes (II)

El Ministerio del Tiempo 2x08: Tiempo de Valientes (II)

El Ministerio del Tiempo 2x08: Tiempo de Valientes (II)

Series: El Ministerio del Tiempo

5 Stars

Summary

Una vez localizado a Julián en la costa de Baler, junto a los Últimos de Filipinas, se pone en marcha una misión de rescate en la que, como viene siendo habitual en el Ministerio, también es crucial que no se trastoque el curso de la historia de España.

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El capítulo de esta semana de El Ministerio del Tiempo, y que cerraba uno de los momentos más tensos de toda la temporada, también ha sido el capítulo más histórico, casi diría que de toda la serie. Pues si en otras ocasiones los funcionarios se topaban con personajes históricos de los que debían asegurarse que siguieran con vida, en esta ocasión los que debían intentar seguir con vida han sido ellos mismos, pero dentro de un episodio histórico ya escrito y que no debía ser trastocado.

Sucede así que Julián se encuentra en una situación de lo más incómoda posible, siendo el hombre que no terminaba de aceptar que en el Ministerio del Tiempo se debía mirar a otro lado, incluso cuando se sabía que alguien iba a morir… Y eso es precisamente lo que debe hacer en la iglesia de Baler en la que se ha acabado refugiando junto al último destacamento de la corona española: actuar como mero espectador de los acontecimientos, si es posible sin morir en el intento.

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El pobre Julián, que había decidido tomarse un descanso tras ser testigo de la muerte de su esposa, y que recordemos lo mucho que le afectó conocer a Lorca pocos años antes de que muriera y su cuerpo fura tirado en cualquier cuneta; acaba encontrándose en la misma situación… Esta repetición de la jugada, y encima con un hecho que sigue sorprendiendo pese al paso de los años, llena todo el capítulo de un gran dramatismo, donde no es extraño que el espectador se pregunte cada dos por tres: ¿cómo es posible que ocurriera algo así?

Y es que, efectivamente, resulta increíble descubrir que unos soldados abandonados por su país, estuvieran casi un año acuartelados en una iglesia, convencidos de que irían a rescatarles. O que pese a ser informados de que Filipinas ya no formaba parte del Imperio Español, porque la corona había vendido el país a los norteamericanos, ellos estaban convencidos de que todo era una trampa para que salieran de la iglesia y les fusilaran…

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Cierto es que esta situación tan absurda, casi podría pensarse, resulta muy difícil de entender con la mentalidad de ahora. No ya sólo porque ahora las comunicaciones están a años luz de las de aquella época (1898), donde tan sólo existía el correo y que llegaba por barco; sino también porque en aquel entonces resultaba impensable creer que el Imperio Español, aquel donde no se ponía el sol por su enorme extensión, y cuyo ejército era el temor del resto del mundo, hubiera dejado de existir.

Si a esa incredulidad (comparable, por ejemplo, con la incredulidad del ejército norteamericano cuando se adentraron en Vietnam), le sumamos una mentalidad militar de las que se graba a fuego en el corazón de los hombres, se puede entender un poco mejor lo que ocurrió… Y eso lleva a la contradicción, dramatismo e incluso ironía que también se ve representado en el sitio de Baler. Porque mientras los soldados analfabetos que acabaron en aquel rincón del planeta porque no tenían dinero para poder eludir el servicio militar (que en tiempos de guerra equivalía a ir al frente), eran los que se preguntaban por qué demonios seguían allí si era evidente que la corona jamás iría a por ellos; los supuestos inteligentes del grupo, los capitanes y tenientes que podían leer con sus propios ojos las noticias del exterior, se negaban a aceptar que el glorioso ejército español había caído, y por tanto creían que todo era una trampa…

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Una trampa que duró 337 días y que llevó al segundo teniente Saturnino Martín Cerezo, uno de los personajes más destacados del capítulo por el cúmulo de contradicciones que había en él (y en el fondo todas lógicas), a que sus hombres pasaran hambre y murieran a causa de las infecciones y los mosquitos de la zona, alargando su calvario durante meses y donde, para rematar la cosa, la ley marcial era la que seguía imperando, por lo que dos de los soldados incluso murieron a manos de sus propios compañeros, al ser declarados desertores: el peor enemigo para todo ejército.

Precisamente Toca y Menache, los dos desertores, que para darle un mayor dramatismo tuvieron la ironía de ser fusilados por su teniente un día antes de que terminara el encierro, fueron a los que Julián debió dejar marchar cuando Alonso de Entrerríos fue en su búsqueda, consciente de que dejarles atrás era dejarles morir… Pero, como ya había empezado a olvidar pese a las amargas experiencias del pasado, la regla del oro del Ministerio seguía siendo la de no intervenir en la historia. Y si sus nombres estaban en la lista de fallecidos de los últimos de Filipinas, así debía seguir siendo… Menudo papelón el que ha tenido que vivir y que sirve para recordarnos por qué esta serie, pese a dejarnos con un nudo en la garganta al ver lo cruel que es la vida, también engancha y siempre le pedimos más.

Porque eso no es todo lo que ha deparado el capítulo de esta semana. Mientras Alonso había acudido en misión secreta a rescatar a Julián, en Madrid y en el 2016 Pacino y Amelia libraban su propia batalla. En esta ocasión una batalla de sentimientos, donde por un lado Pacino debía decir adiós al Ministerio para intentar salvar a su padre, de tendencias suicidas y que se había quedado de golpe sin trabajo y sin mujer; mientras que Amelia debía luchar contra la idea de ver marchar de nuevo a un hombre al que quería.

Aunque la historia de Amelia y Pacino ha sido secundaria con respecto a la de los últimos de Filipinas, ha estado plagada de un sinfín de detalles que también han permitido recordar lo mucho que han cambiado las cosas en el curso de la historia. Destaca así esa estupenda escena en la que el padre de Pacino “celebra” su jubilación con un grupo de policías que se quejan de la llegada de la democracia (y cuya mentalidad se puede equiparar a la de los capitanes y tenientes del sitio de Baler, porque se niegan a aceptar que las cosas han cambiado); mientras que la madre de Pacino en lo único en lo que puede pensar es en divorciarse de su marido, ahora que por fin la ley le permite hacerlo.

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Una ley del divorcio de 1981 que sirvió de liberación para millones de mujeres en una España que, hasta entonces, ni siquiera podían buscar trabajo o sacar dinero del banco sin el permiso de su marido (después de que esa misión hubiera recaído en su padre), con lo que en ningún momento se encontraban viviendo su propia vida, ya que no eran realmente dueñas de ella.

Con la historia de la madre de Pacino, además, vemos una equiparación de lo más interesante con la historia de “la otra mujer de Pacino”: Amelia. Una mujer que ya era adelantada a su época antes de entrar en el Ministerio del Tiempo, pero que al vivir en el siglo XXI ha terminado de aceptar que ella es la que decide cuándo y cómo quiere hacer las cosas… Y si Julián se marchó sin despedirse y no sabía si le iba a volver a ver, no quiere que le pase lo mismo con Pacino.

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Un Pacino del que se despide entregándose a él (y él entregándose a ella), en una escena preciosa que sirve como cierre de una relación que nos ha regalado momentos estupendos… ¿Qué pasará con Amelia, ahora que Julián ha vuelto? ¿Será capaz, gracias al recuerdo de Pacino, de continuar con su vida sin pensar siempre en Julián? Algo complicado de creer si tenemos en cuenta que, a partir de ahora, los dos volverán a trabajar codo con codo, y que después de lo vivido por Julián en Filipinas, el pobre no parece que haya superado del todo el gran problema que implica ser funcionario del tiempo.

Hasta entonces me quedo con la gozada que es seguir viendo cada semana a un sinfín de actores, tanto principales como secundarios, que son capaces de llevar al espectador a situaciones límites de paso que nos recuerdan nuestra historia, consiguiendo hacernos llorar de alegría y emoción cada vez… La capacidad de crear cada semana personajes nuevos o de encontrar a los actores perfectos para ponerse en la piel de personajes históricos, me sigue maravillando y no puedo por menos que aplaudir por el éxito logrado y más que merecido.

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Barbara Cruz

Periodista y escritora a tiempo completo. En los ratos libres veo de todo y leo cualquier cosa que caiga en mis manos. Nunca se sabe cuál será mi nueva obsesión.

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