El Ministerio del Tiempo 2×07: Tiempo de Valientes (I)

El Ministerio del Tiempo 2x07: Tiempo de Valientes (I)

El Ministerio del Tiempo 2x07: Tiempo de Valientes (I)

Series: El Ministerio del Tiempo

4 Stars

Summary

La marcha de Salvador Martí como secretario del Ministerio del Tiempo, quien había estado en contacto con Julián desde que abandonó el ministerio, ha puesto en alerta a este último. Descubrimos así qué es lo que ha estado haciendo Julián lejos de sus compañeros, mientras ellos tratan de seguir adelante con sus vidas y, de paso, intentan superar una auditoría al ministerio.

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El capítulo de esta semana ha sido uno de los más completos de la temporada. No sólo porque tenemos al elenco completo, con el regreso de Julián y la continuidad de Pacino; sino sobre todo porque en este episodio todos los personajes que forman parte del Ministerio han tenido su protagonismo.

¿Quién iba a decir que una auditoría fuera a dar para tanto? Y es que la misión de esta semana se avecinaba como una de lo más insulsa, ya que Amelia y sus hombres tendrían que terminar con todo el papeleo de las misiones realizadas hasta la fecha, y que por unas razones u otras (el cambio de Secretario del Ministerio, el riesgo de la gripe española causando una pandemia o el regreso del antiguo secretario porque la nueva resultó ser una traidora) no tuvieron mucho tiempo para hacerlo.

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Pero esta misión más burocrática que de acción ha servido de excusa perfecta para que podamos ver en todo su esplendor a los distintos funcionarios, y de paso recordarnos por qué nos gustan todos ellos: Por un lado a Salvador, que sigue siendo el que más odia todo el papeleo que viene con el cargo de secretario, y que sigue fiel a su norma de hacerlo todo en el último minuto, como buen español que es… Echaba de menos ese humor tan cínico suyo, y que no habíamos podido ver desde la llegada de Susana Torres.

De cerca le sigue, en cuanto a “humor”, Ernesto, del que descubrimos algún retacillo de su vida pasada, aunque sea al mismo tiempo que él. Y es que el descubrimiento de un hijo secreto sorprende a la vez al espectador y al mismo Ernesto, que no es que se sienta muy confiado en su función de padre después de lo bien que le fue con el primero (y en teoría único) hijo que tuvo: Torquemada.

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Mientras Ernesto intenta averiguar quién es su hijo (y la madre de su hijo) con la ayuda espiritual de Angustias… dicho en otras palabras, con la cotilla de Angustias, que aunque Ernesto no quiera ya está metida en el ajo; a la patrulla de Amelia le toca la parte más pesada que implica cualquier auditoria: asegurarse de que todo está bien atado y que las cuentas cuadren.

Para ello, a la pobre Amelia no le tocará otra que quedarse en el ministerio para hacer todo el papeleo, mientras los cazurros de sus compañeros serán los encargados de hacer la tarea de campo, revisando todas y cada una de las puertas por las que han pasado en los últimos meses, y siendo testigos de episodios fundamentales de la historia de España…

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Hacía mucho que no se reflejaba tan bien la frustración de Amelia por estar rodeada de gente tan poco culta, ni más ni menos que en un ministerio dedicado a la salvaguarda de la Historia de España. Y aunque ello también nos permite recordar el carácter que se gasta la muchacha, en esta ocasión viene en el peor momento posible: con la sombra de Julián, siempre presente...

Pese a estar a mitad de la temporada, sólo ahora vemos con claridad que la pobre Amelia piensa constantemente en su compañero Julián, y que no han sido pocas las veces que ha intentado llamarle… mientras él hacía lo mismo desde la otra punta del planeta.

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La historia de Julián y Amelia, aunque sea cada uno por su lado, cobra así un gran protagonismo en este capítulo, con permiso de Pacino, claro… Si hasta ahora era el recuerdo de Maite, la esposa de Julián, lo que impedía que los dos dieran un paso más en su amistad, en esta ocasión será Pacino quien tenga algo que decir… Un Pacino que está colado hasta las trancas de Amelia (para no estarlo con semejante pedazo de mujer), pero que no consigue quedarse a solas con ella para intentar un acercamiento por culpa de un compañero de piso que, por muy leal que sea, no se entera de la misma la mitad.

Menudo soplo de aire fresco es ver a estos tres compañeros haciendo algo tan aparentemente anodino como es ver una serie, pero donde se ven perfectamente reflejados las tres personalidades, cada una sacada directamente de tres épocas tan distintas… Y si encima eso se hace a la vez que nos recuerdan a una de las serie que marcaron la historia de la televisión española, como fue “Historias para no dormir”, no queda otra que quitarse el sombrero.

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El que no puede hacer algo tan caballeroso, por mucho que quiera, es Alonso, el penúltimo protagonista de este capítulo, y que en su caso su historia da un giro de lo más interesante. Si Alonso de Entrerríos ya nos había arrancado algún suspiro y lagrimita al verle interactuar con su amada Blanca, haciéndose pasar por un espíritu; esta vez la historia cambia un poco, pues a quien encuentra es a otra mujer, Elena, que es el vivo retrato de su esposa.

Si Elena es algo más que una mujer calcada a su esposa (recordemos que Alonso tuvo descendencia, con lo que la posibilidad de que sea una tataranieta siempre está abierta), lo descubriremos más adelante. Hasta entonces nos quedamos con la genial intervención de los dos, con Alonso intentando hablar al modo del siglo XXI, sin tener mucho éxito el pobre… Y es que es difícil que pase desapercibida la sangre de los tercios que fluye por sus venas.

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Y por último pero no menos importante, tenemos a Julián, el hijo pródigo que ha vuelto, aunque realmente nunca llegó a irse. De Julián dije en su día, la primera vez que apareció Pacino, que lo bueno de una serie donde todos sus personajes son únicos (tanto los principales como los secundarios) es que es difícil que eches de menos a un único personaje, pues en seguida está el resto para llenar ese hueco y asombrarte, divertirte y hacerte llorar con sus historias.

Pero cuando ese personaje vuelve y recuerdas por qué te gustaba tanto, sí que es normal que te alegres muchísimo de su vuelta. Porque sí, lo cierto es que le echábamos muchísimo de menos. Más aún cuando vuelve siendo el genuino Julián: Un hombre destrozado por el recuerdo de la muerte de su esposa pero que no puede evitar seguir siendo una buena persona (y muy cachondo, con ese “qué mujer, qué mujer” que le regala a la “atractiva” esposa de su compañero), y para ello no se le ocurrirá otro destino que Cuba en pleno proceso de independencia de América.

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Gracias a este destino al que acude nuestro hijo pródigo, también recuperamos una de las cosas que más me gustan de esta serie: la posibilidad de recordar episodios fundamentales de la historia de España, y que tristemente no todos conocemos. Y ahí me incluyo yo porque, aunque sí que conocía la historia de los levantamientos de los asentamientos americanos contra la corona española, y la importancia que tuvo la presencia norteamericana (con la excusa de la destrucción del acorazado Maine), para soltar ese dicho de “América para los americanos”; no conocía en detalle la historia de Los Últimos de Filipinas.

Y viendo lo asombroso de esta historia, que será narrada con más detalle en el próximo capítulo, uno no puede por menos que agradecer que alguien se haya tomado la molestia de contarnos este episodio, y encima de un modo tan espectacular como estoy segura que será. No sólo porque está claro que han puesto toda la carne en el asador para narrar el asedio de la iglesia donde se refugiaron los soldados españoles, sino porque además permitirá contar la “otra historia” que acompaña a este hecho histórico.

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Una historia que habla de las diferencias abismales entre pobres y ricos, donde siempre eran los hijos de las familias humildes los que debían ir a cualquier parte del mundo para defender los restos de un imperio que la corona no quería perder, pero que acabó haciéndolo porque nunca se preocupó por sus supuestos súbditos, como tampoco lo hizo por los soldados que sí eran españoles.

De ese modo, en todos los levantamientos que se produjeron y en todas las guerras que vivió el imperio en cuestión de décadas, a finales del siglo XIX, fue brutal tanto el drama que se vivió en España, con familias pobres despojadas de unos hijos que no sabían adónde iban, como también lo fue el de los soldados que murieron de hambre o por enfermedades, abandonados a su suerte en cualquier rincón del planeta.

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La de los Últimos de Filipinas, el último contingente del ejército español que quedaba en la isla cuando los nativos se sublevaron, en 1898, es sólo un ejemplo más de esa historia plagada de nombres anónimos y de valientes, que con su sudor y lágrima han escrito las páginas de nuestros libros de Historia... Para conocer el final de su historia, habrá que esperar al próximo episodio.

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Barbara Cruz

Periodista y escritora a tiempo completo. En los ratos libres veo de todo y leo cualquier cosa que caiga en mis manos. Nunca se sabe cuál será mi nueva obsesión.

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