El Ministerio del Tiempo 1×08: La Leyenda del Tiempo

El Ministerio del Tiempo 1x08: La Leyenda del Tiempo

El Ministerio del Tiempo 1x08: La Leyenda del Tiempo

Series: El Ministerio del Tiempo

5 Stars

Summary

Las reglas del Ministerio prohiben a sus funcionario cambiar el curso de la Historia, pero a veces cuesta demasiado seguir esas reglas. Es lo que ocurre cuando tienes frente a frente a Federico García Lorca y sabes que va a morir, o ser consciente de que tres años atrás tu mujer está apunto de ser atropellada

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El Ministerio del Tiempo se despide de su primera temporada (y afortunadamente no última) como solo ellos podían hacerlo. Con un capítulo sublime que deja con ganas de más pero que al mismo tiempo cierra el círculo que se ha ido creando a lo largo de sus 8 capítulos. Con la Leyenda del Tiempo se abren nuevas incógnitas pero al mismo tiempo se resuelven otras de las que, y eso es lo más impactante, se intuía la verdad desde el primer instante.

Es lo que tienen los viajes en el tiempo y más cuando ese tiempo al que se viaja es el pasado de uno mismo. En el mismo instante en que uno (llamémosle Julián, Amelia, Alonso o cualquiera de los funcionarios de El Ministerio del Tiempo) pone los pies en sus días pasados, las posibilidades de modificar esa vida se ven aumentadas en proporción con los minutos transcurridos allí. Pero el mayor problema llega cuando al efecto mariposa que viene como consecuencia de cada viaje temporal, se une otra gran verdad relacionada con el tiempo: El destino no se puede cambiar. Con lo que ese pasado que querías haber modificado se acaba transformando en el pasado que siempre viviste.

Esta regla de oro de la que partió el Ministerio del Tiempo llega con su último capítulo a un dramatismo absoluto. Un drama que es visible a través de los integrantes de la patrulla de Amelia Folch, y también por medio del protagonista invitado de esta historia, que no es otro que Federico García Lorca.

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Una vez más, los funcionarios se ven obligados a viajar al pasado para evitar que el curso de la historia se vea modificado, pero solo con aquellos detalles que aparecen en los libros. De este modo, si Dalí dibujó una tablet casi un siglo antes de que se inventara, su misión es la de evitar que este hecho ocurra. Pero si en ese mismo libro de Historia se dice que Federico García Lorca sí fue asesinado… entonces ese hecho no se puede cambiar.

No es la primera vez que en la serie se vive un momento de este tipo, tan cruel y necesario al mismo tiempo, pero en esta ocasión me ha resultado especialmente intenso y dramático. No sé si ha sido porque era el último capítulo de la serie o porque en el ambiente se respiraba una poética propia de la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde convivieron genios como Dalí, Buñuel o García Lorca al mismo tiempo. Pero el caso es que se han vivido escenas intensísimas y donde, además, se ha llevado a la perfección esa máxima de que menos es más.

Me refiero en concreto a tres momentos, los últimos del capítulo, donde cada personaje tiene que hacer frente a sus propios fantasmas y donde, sin apenas hablar, queda patente el dolor y casi desesperación por estar viviendo una vida que ya no les pertenece, o un tiempo que no pueden cambiar por mucho que lo deseen:

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En el caso de Alonso ese momento llega cuando evita que sigan maltratando a su mujer para luego encontrarse con ella, con lo que debe hacerse pasar por espíritu: Ese instante en que Blanca desea tocarle y él sabe que no debería permitirlo pero es superior a sus fuerzas no abrazarla, es imposible que no deje los pelos de punta… O qué decir de cuando Julián va a despedirse de Federico García Lorca y sabe que en cuestión de años morirá y su cadáver será tirado en cualquier cuneta, pero no puede decir nada por más que lo desee.

Y por otro lado Amelia Folch, la única de la patrulla que conoce su futuro, incluyendo la fecha de su muerte. Algo que desearía no saber, pues con cada hecho que la lleva más cerca de ese futuro en el que acabará casada con Julián y tendrá una hija (un futuro que ella anhela) tiene conversaciones con Julián en las que éste le asegura que para él jamás habrá otra mujer que Maite.

Gracias a esta aparente contradicción, las posibilidades que se abren con cada detalle que descubre Amelia son infinitas: ¿Se acabarán casando solo para contentar a los padres de Amelia? ¿En algún momento Julián acabará enamorándose de verdad de Amelia, como sí que ocurre al revés? ¿O todo será un engaño por parte de los dos, creyendo Amelia que el otro la amaba, y Julián confiando en que había conseguido hacerla creer que estaba enamorado de ella? Cada posibilidad es aún más dramática que la anterior.

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Pero para dramatismo esa escena final al descubrir que Julián intervino directamente en la muerte de Maite cuando decidió saltarse las normas del Ministerio para salvar a su mujer. Un salvamento que, se veía venir, no solo acabó mal por eso de que el destino no se puede cambiar, sino que acabó horriblemente mal para Julián, al comprender que fue por él que Maite se paró en mitad de la carretera y un coche la atropelló.

De nuevo, esa gigantesca paradoja temporal abre tantas posibilidades que uno tiembla solo de imaginar qué puede haber sido en realidad: Si Julián no hubiera viajado en el tiempo gracias al Ministerio su mujer no habría muerto, con lo que él no habría acabado trabajando con el Ministerio porque no tenía nada mejor que hacer en la vida. O tal vez, como ocurría en “La máquina del tiempo”, el final siempre sería el mismo, que Maite muere, porque el destino no se puede cambiar y solo variaría la forma en la que ocurre esa muerte…

O si queremos complicarlo aún más y meter un toque de conspiración, ¿y si el Ministerio sabía que hasta que Maite no muere Julián no formaría parte de sus funcionarios, por lo que deciden intervenir directamente en la muerte de un inocente para que la Historia (no la de verdad sino la que a ellos les interesa) siga su curso?

Porque lo que parece que está cada vez más claro es que los funcionarios del Ministerio del Tiempo son los menos buenos de todos. O más que menos buenos, los que cada vez piensan menos como personas y más como funcionarios, donde ya no les afecta tanto el saber que sus acciones están condenando a tantos inocentes solo por salvar a unos cuantos personajes históricos. Un hecho que con cada capítulo resulta más difícil de aceptar, por mucho que nos gusten esos personajes.

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Surgen así historias paralelas dentro de los principales hombres y mujeres del ministerio, que sorprenden por los secretos que encierran. Parecía que el más gordo de estos secretos había sido descubrir que Ernesto era el padre de Torquemada, pero al final ese hecho se convirtió en una nadería comparado con todo lo demás: Que Irene fue quien traicionó a su maestro porque este se había vuelto en contra del Ministerio, solo para después ser ella quien traicionara al propio Ministerio dando donde más dolía, en el pasado de sus funcionarios.

Y por encima de todo, POR FÍN conocemos algunos datos del funcionario más desconocido hasta la fecha, y eso que es el Secretario General del Ministerio: Salvador. Aunque sea a base de pequeños retazos descubrimos que él tampoco tiene a nadie que le espera en casa (esa parece ser la nota común de todos los funcionarios), y que él también desearía cambiar el pasado para poder estar con su mujer. Un deseo que no puede cumplir por eso de respetar las reglas, cuando con cada misión son muchas otras las reglas que sí se rompen para perpetuar la Historia escrita.

Normal que estén todos tan afectados y sean tan cabrones, como el propio Salvador aseguró... Y eso que la Historia no ha hecho más que empezar. Por desgracia, para saber cómo continúa habrá que esperar a la próxima temporada.

 
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Barbara Cruz

Periodista y escritora a tiempo completo. En los ratos libres veo de todo y leo cualquier cosa que caiga en mis manos. Nunca se sabe cuál será mi nueva obsesión.

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